El lector comprenderá que esta historia amerita un gráfico, porque es tan compleja que nadie entendería, a no ser que tenga mucha paciencia.
Todo empezó...
Todo empezó un lunes a las 11:30 a.m. cuando abordé, detrás del Hotel Nutibara, un colectivo con destino al aeropuerto José María Córdova, ubicado en Rionegro, un municipio que queda a poco menos de una hora de Medellín. Tenía más de una hora para llegar a mi destino, pero ese día la suerte no estaba de mi lado y los frenos del carro empezaron a fallar a mitad de camino, motivo por el cual el conductor tuvo que reducir la marcha del carro a una velocidad mínima, lo cual me hizo llegar cerca de la 1:00 p.m. para abordar el vuelo de la 1:45.
Fui directo hacia la taquilla de Aerorepública y reclamé el pasabordo. La mujer que me atendió, me indicó: diríjase a la sala 11, en la mitad del pasillo. Confiada, después de haber viajado varias veces a Bogotá desde ese mismo aeropuerto le dije a @ABCamilo (Camilo Arango) que comiéramos algo porque era hora de almuerzo y aún contábamos con algunos minutos.
La sala 7
Posteriormente revisé mi pasabordo y noté que decía: Sala 7. Pensé que había escuchado que me habían dicho Sala 11, pero igual la evidencia estaba en mis manos, tal vez había oído mal y realmente era la 7, así que procedí a buscarla. Y en este momento empieza uno de los enredos más grandes que mi mente ha podido concebir en las más de dos décadas que llevo en este mundo mal comunicado.
Busqué en la "mitad del pasillo" donde se suponía que estaba la sala, y encontré la nomenclatura que indicaba claramente: Sala 2, así que mi cabeza acostumbrada a la lógica de un mundo ordenado, numérico y lógico, buscó la proximidad de las salas 3 o 1, que me indicarían hacia qué lado avanzar.

Y como a mí me enseñaron a seguir instrucciones, eso hice con exactitud. Pero los minutos pasaban y al final del pasillo sólo me encontré con el cartel que enunciaba la Sala 1. En algún momento llegué a pensar que tal vez había pasado sin ver el aviso de la Sala 7 ¿sería posible?

La sala 11
Como ya estaba en el final del pasillo me devolví, y al pasar por la taquilla de Aerorepública le pregunté a la persona que atendía, cuál era el lugar donde debía abordar y me respondió que era en la Sala 11 ¡Por Dios! qué falta de coordinación ¿será muy difícil imprimir el número de la sala correcta en el pasabordo?
Pero la cosa no termina aún. Después de que la empleada de Aerorepública me regañara y me indicara que corriera porque el avión ya me iba a dejar, me dijo que la susodicha sala, estaba ubicada, al final del pasillo, pero al lado contrario de donde venía.

En esta parte de la historia es importante contextualizar. Este aeropuerto es un amplio pasillo a lo largo del cual están ubicadas todas las salas de abordaje. Hagan cuentas: si hay 11 salas, y cada una en su parte exterior debe tener espacio suficiente para parquear un avión, digamos 30 o 40 metros, el corredor como mínimo debe medir más o menos medio kilómetro.
Venía yo corriendo entonces desde el extremo de la Sala 1 (con escala en la oficina de Aerorepública), en busca del otro extremo en donde me decían que estaba la Sala 11. Pues bien, antes de llegar al final encontré la sala 3, y confundida, le pregunté a un funcionario por mi destino y me indicó nuevamente que fuera hasta el final. Esta historia se repitió posteriormente con otro funcionario, y cuando llegué al famoso final sí había una sala 11, pero no tenía ninguna entrada porque el ingreso era por la Sala 3, pero esta era solo para vuelos internacionales.
Fue entonces, al final de todo el recorrido cuando un joven que hacía el aseo me indicó que a la Sala 11, podía entrar por la Sala 2. Si han podido seguir el hilo de este enredo, se habrán dado cuenta de que esa sala 2 fue la primera que encontré al comienzo de la historia, de donde el vigilante me envió al primer extremo del pasillo y donde se complicó toda esta historia.

Ya un poco asfixiada, corrí de nuevo en sentido contrario, hacia la Sala 2, mientras escuchaba en el altoparlante "Último llamado para abordar el vuelo...". Una vez allí, me encontré al vigilante que me había hecho enredar y de paso lo amenacé con quejarme de sus malas indicaciones si el avión me dejaba.
Pasé mi maleta por la maquinita aquella, vino el detector de metales, la respectiva requisa y a correr nuevamente, pero ahora con el portátil al hombro dándome golpes en la espalda. Otra vez, desde la Sala 2 hasta la Sala 11, pero en esta ocasión por dentro del pasillo de las salas de espera (línea naranja). En total, el recorrido torpe de un lado a otro, fue de más de un kilómetro.
Cuando ví de lejos el avión con el logo azul de Aerorepública, me volvió el alma al cuerpo. Pero se me volvió a salir en cuestión de segundos cuando llegué al punto y me dí cuenta de que el avión estaba arrancando ya y una azafata en la pista de aterrizaje portaba ya mi equipaje para hacerme la respectiva devolución. Si señores, el avión me dejó.

Epílogo: la continuación de la historia, de cómo logré llegar a Bogotá y cómo la queja se convirtió en otro mareo y de paso otro papeleo, da para completar la trilogía de desgracias. Así que se las compartiré en otro momento. Gracias por llegar al final de esta historia tan enredada (hasta para mí).