martes, 29 de mayo de 2007

Un lento adiós

Una Manifestación Cualquiera

Yo llevaba en mi carpeta gris unas fotos del barrio Santo Domingo Savio, pegadas con mucho esmero en pedazos simétricos de cartulina negra y me disponía a pegarlas en una pared mientras hablaba de trivialidades con Ángela*. En ese momento un profesor se acercó y nos pidió que no pegáramos nada más en la pared y que nos fuéramos por que había una manifestación y estaban empezando a evacuar la universidad.

Se escuchaban gritos que provenían de lejos, más exactamente de la plazoleta Barrientos en donde varias decenas de estudiantes se manifestaban contra el TLC, algo tan corriente para nosotros, que nos negábamos a retirarnos hacia nuestras casas, por lo que nos dirigimos al Parque de los Deseos desde donde vimos como paulatinamente las cosas se complicaban.

En medio de la confusión alguien anunció que había alrededor de 14 heridos y posiblemente hasta muertos, noticia que no comprendí, puesto que ni siquiera había escuchado la explosión tan fuerte que había conmovido a toda la universidad.

Miré a mis compañeros y con un arranque del amarillismo, les pregunté si habían escuchado lo de los heridos. Todos asintieron con la cabeza e inmediatamente después dirigieron su mirada hacia el interior de la universidad en donde un grupo de estudiantes corría hacia la salida de Ferrocarril con una camilla en donde llevaban a una persona cubierta por una sábana blanca de pies a cabeza, como se llevan a los muertos.

El amarillismo, que pareció convertirse en un mal altamente contagioso invadió a cuatro de mis compañeros, incluida Ángela, quienes al ver el rumbo de la camilla corrieron directamente hacia allá, mientras la persona que decidió permanecer conmigo me hablaba del horror que sentía mientras veíamos como pasaban más heridos en camillas o sencillamente corriendo por sus propios medios.

Unos minutos después regresaron los cuatro amarillistas dando el parte de la situación. –¡Esos muchachos están en carne viva!- decía uno, - no quedó nada de ellos – continuaba otro – cómo se tiran la vida de esta manera?- agregaba otro y finalmente María Cecilia, la mayor, la más experimentada y la más amarillista de todos: -¡Dios! Qué clase de periodista soy, ¡cómo me sorprende un acontecimiento de estos sin una cámara! - A lo que todos nos miramos sin pronunciar siquiera una palabra, pero entendiendo todos el mensaje.

La historia, ya la han contado los medios, los heridos fueron alrededor de catorce, sin contar los que lograron huir tratando de esconder sus heridas para evitar problemas legales. Sin embargo, entre ellos, había dos jovencitas en estado de mayor gravedad, cuyos nombres hasta ese momento no eran de conocimiento público, ya que el estado en el que se encontraban, con quemaduras de tercer grado en un 80% de su cuerpo, hacía difícil siquiera la labor de reconocerlas.

Unos minutos después, cuando pareció haberse detenido un poco el exagerado ritmo de los acontecimientos y haber quedado un poco de tiempo para analizar el asunto, Ángela exclamó lo que pareció un pensamiento en voz alta: "Dios, tengo que decirle a Paula que se salga de esto". Sin embargo, aunque pareciera una reflexión salida de lo más íntimo de su corazón, todos pudimos comprender que se refería a su prima, estudiante de la Universidad Nacional y militante de los movimientos estudiantiles y por eso compartimos su afán.


La mala noticia

Al día siguiente la universidad permaneció cerrada para facilitar las labores de investigación de las autoridades dentro del claustro. Nosotros, teníamos una cita a las siete de la mañana para organizar un pregrabado para un canal local, por eso nos encontramos en otro lugar, sin embargo, al pasar por la universidad no pude evitar la sensación de estar pasando por el frente de un campo santo.

Ángela, quien normalmente era la primera en llegar y la más puntual, se demoró más de la cuenta ese día. Llegó con un gesto de profundo abatimiento y después de que llevábamos un rato conversando acerca de cualquier cosa, intervino. "Tengo mucha vergüenza con ustedes por haberme demorado tanto, pero es que anoche, no pude dormir ni un minuto".

Escuchamos su explicación, incluso pensando que había pasado la noche entera de fiesta. "Lo que pasa es que Paula está en coma" fue la primera noticia, y al ver en nuestros rostros la interrogante, continuó: "tiene el 80% del cuerpo quemado, porque ayer estaba en la manifestación".

El único gesto que lográbamos encontrar en ella, era el de una total indiferencia por lo ocurrido, pareciera y ella misma nos lo dijo después, que no creyera que la protagonista de esa tragedia fuera precisamente su primita del alma. Tanto así, que primero empezamos a llorar nosotros mientras ella nos enumeraba las partes del cuerpo que con el accidente habían quedado prácticamente destruidas.

Durante la preparación del pregrabado, nadie se atrevió a articular palabra alguna, sólo trabajábamos acomodando las cosas que iban haciendo falta, mientras que de tanto en tanto, alguien dirigía su mirada a la silenciosa Ángela, quien parecía ese día, habitar otro mundo muy lejano de este.


Las ganas de vivir

Todos los días, ella llegaba con una noticia más triste. Un día nos contaba que Paula había perdido el tacto, al siguiente, la vista, al siguiente, el hígado. Pero a la vez que nos contaba su tragedia, nos contaba los milagros que hacían esas ganas de vivir. Que a pesar de tener los ojos quemados, veía; que a pesar de tener la tráquea quemada, bebía; que a pesar de parecer carecer de garganta, hablaba. Con dificultad obviamente, pero parecía insistir en seguir viviendo.

Además, Paula siempre quiso tener un hermanito, pero sus padres se habían separado desde que ella era muy pequeña. Sin embargo, en medio de su agonía, se enteró de que la nueva esposa de su padre, esperaba un bebé y sin saber siquiera si era hombre o mujer y sin que nadie se lo pidiera, lo bautizó con el nombre de Miguel Ángel.

Sin embargo, a pesar de esos milagros y de sus inmensas ganas de vivir, el viernes 18 de febrero, recibí la llamada de Ángela a las siete de la mañana: "Por favor, avísale a todos los muchachos que hoy no puedo ir a trabajar, porque Paula se murió hoy a las 2 de la mañana". Hasta ahí llegaron nuestras esperanzas y las de toda su familia, pero ella misma cerró la frase con una verdad que todos conocíamos: "niña, qué pesar, pero todos sabíamos que no se podía hacer nada".


La visita

Ninguno de sus amigos pudo ir a la misa de Paula, todos estábamos trabajando a esa misma hora en la que era nuestra ocupación en aquella época, la fotografía. Sin embargo, el compromiso era visitarla en su casa al día siguiente para acompañarla en su dolor.

Fuimos seis personas vestidas de gris y de negro las que nos bajamos del bus anaranjado de Bello, dos cuadras antes de la casa de Ángela, rápidamente firmamos una tarjeta elaborada en papel morado y nos dirigimos hacia el lugar en donde nos esperaban ella y su mamá.

Nos esperaba en la puerta, vestía una blusa roja y escotada, porque según ella, el luto debe ir por dentro y nada se logra con vestirse de negro. Su gesto al vernos, era sinceramente alegre y agradecido "yo sabía que los que iban a venir eran ustedes, ni uno más ni uno menos" eso debido a que éramos precisamente sus mejores amigos, los de siempre. Lo que nos parecía mentira, era el motivo que nos reunía nuevamente en aquella casa que había sido testigo de momentos tan bonitos.

María Cecilia, la única que no conoció a Paula, propuso que sacáramos fotos de ella para que la pudiera ver. A raíz de eso empezamos a recordar. "¡Juemadre! Exclamó la negra, nunca le pudimos presentar a mi hermano, seguro que hubieran hecho buena pareja" a la respuesta de todos con risas, Ángela empezó a recordar momentos cómicos, como cuando Paula, quien antes de morir se había declarado decididamente atea, la había obligado a repetir misa un domingo, durante su niñez, sólo para acompañarla.

Durante esa tarde, las lágrimas que abundaron durante toda la semana en esta y todas las casas de esa familia, se cambiaron por risas y entrada la noche, esas seis personas vestidas de negro, salieron de nuevo rumbo hacia sus hogares, mientras que la señora de la casa le murmuraba a su hija: "mija, definitivamente ellos sí son sus mejores amigos".


Epílogo

En esa misma plazoleta, hoy en día un aviso recuerda con grandes letras el nombre de Paula y de Magaly, la otra joven que murió a causa de la explosión, y añade a su memoria y a la de otros tantos estudiantes muertos en manifestaciones, la frase "asesinados por pensar". Sin embargo Ángela y toda su familia, aseguran que a Paula no la mató nadie, sino que sucumbió ante unas ideas equivocadas que le transmitieron y ella aceptó, inspirada por su innato deseo de mejorar este mundo.

*Nombre cambiado para proteger a la fuente.

4 comentarios:

medea dijo...

duro relato. y hoy, otros chicos heridos por el mismo mal, el de comer cuento, sea de quien sea.

Viktor Lozano dijo...

Lloré! qué dolor... nunca tan de acuerdo con medea

Chino dijo...

Es de verdad demasiado triste ver que pasen este tipo de cosas. Y aun así no aprendemos y las volvemos a repetir.

Laura Caro dijo...

Medea, Viktor, Chino

De acuerdo, es muy triste que se repitan las tragedias. No solo nos falla la memoria, también nos falta reflexión.

Precisamente antes de que pasara esto ví un cartel nuevo que decía:

"Paula Ospina
Herida gravemente: 10 de febrero de 2005
Muerta: 18 de febrero de 2005
Prohibido olvidar"

Peor aún que repetir, es que a estos jóvenes les están vendiendo la idea con la memoria de los que ya se murieron.