miércoles, 30 de mayo de 2007

Para una inclusión desde la cultura

Hace no mucho tiempo me encontré en un bus de transporte urbano a tres personajes que, además de darme una triste sorpresa, me dejaron pensando el resto de la noche. Las tres eran mujeres, más bien niñas. La primera de ellas no pasaba de los trece años, era de baja estatura y su cuerpo ni siquiera había terminado de formarse. Sin embargo, hablaba de una forma que denotaba muchos años más por el tono de voz, pero sobre todo por lo vivido.

Las otras dos, de quizás 16 ó 17 años, se turnaban el cuidado de un niño de brazos mientras iban hablando, en un tono de voz bastante alto, de sus problemas con sus respectivos compañeros sentimentales. Ellas hablaban de golpes, gritos e incluso amenazas de muerte de parte de sus propias parejas, mientras de tanto en tanto yo intercambiaba miradas de asombro con una niña de colegio que estaba sentada cerca de mí.

Consternada, bajé del bus tratando de recordar lo que yo hacía a mis 17 años de edad, y a mi mente vinieron los momentos de mis primeros semestres en la universidad, en donde compartía con otras mujeres de esa edad y un poco mayores, algunas que incluso ya eran madres, pero ninguna en una situación tan penosa como la de ellas tres.

Y llegué a una conclusión. El rumbo de la vida de cada una de nosotras, no depende de nada más que nuestros respectivos objetivos vitales, y el planteamiento de éstos depende directamente de nuestra cultura, de la educación que recibimos y muchísimo más de las oportunidades con las que contamos.

Es triste saber que en Medellín más allá de los programas de inclusión para las mujeres, hay serios problemas de pobreza y de analfabetismo y que aún más allá, dentro de muchas comunidades se sigue promoviendo de generación en generación, la idea de que las mujeres sólo pueden ser útiles a la sociedad como procreadoras y tutoras de sus hijos, aunque eso en muchas ocasiones signifique someterse al maltrato, la pobreza y la marginación.

Que sea el día en que conmemoramos la declaración de los derechos de la mujer, la perfecta oportunidad para recordar que somos diferentes a los hombres, y eso es algo que nos hace maravillosas. Que no tenemos por qué poseer las mismas habilidades, ni ser como ellos para merecer nuestro puesto en la sociedad, que la igualdad de condiciones no significa igualdad de roles, pero sí significa igualdad de oportunidades para crecer y ser como queramos ser, eso sí, en la mejor de las condiciones ya sea madres, maestras, políticas, abogadas, comunicadoras, médicas, ingenieras, zapateras o bomberas.

Eso implica que nuestra sociedad vaya entendiendo que todos los roles son honrosos, siempre y cuando se asuman con amor, honradez y responsabilidad, que no es menos la ama de casa que la profesional, siempre que ambas sean felices y que ante todo lo sean por vocación, no por obligación.

No nos equivoquemos, no pensemos que con un lenguaje incluyente abrimos puertas para las mujeres que no han tenido oportunidades; no pensemos que con cambiarle el nombre a las cosas, ni con crear más curules para nosotras, obligamos a las niñas más marginadas a querer sobresalir. El de Medellín es un problema cultural y lo que necesitamos es llegar a todas las personas, hombres y mujeres con mayores ejemplos de vida y de éxito, para que se den cuenta de que se requieren esfuerzos para llegar lejos, pero vale la pena.

Todos los seres humanos merecemos igualdad de oportunidades, sin marginación ni exclusión de ningún tipo, pero estamos cayendo en un error si empezamos por poner de manifiesto las diferencias como motivos de exclusión. A mí nunca me dijeron que yo era inferior por ser mujer, o que iba a tener que luchar más que mis hermanos y primos para alcanzar las mismas oportunidades, y de hecho nunca fue así por una sencilla razón: nunca tuve en cuenta la diferencia y me esforcé, como lo haría cualquier persona, por obtener los pocos o muchos logros que he alcanzado.

Tenemos que dejar de ver mal la diferencia, para que muchas mujeres como las compañeras con las que estudié, como mis profesoras, como mi madre, como la abuela que cuidaba vacas o la que cuidaba a sus hijos, e incluso como yo misma, vayan en aumento y cada vez más mujeres quieran ser sobresalientes y exitosas en lo que hacen, sea lo que sea, pero no para "demostrar que como mujeres podemos ser buenas en lo nuestro", sino para que podamos llegar a triunfar y ante todo, ser respetadas y felices.