miércoles, 30 de mayo de 2007

El sueño de la bolsa vacía

Faltaban poco más de 10 minutos para las ocho de la mañana cuando el bus se detuvo en una calle cualquiera de la ciudad de Medellín. Él se subió dando un brinco por encima de la registradora y mientras que con una mano repartía de a tres por pasajero, las granolas que llevaba en una bolsa negra de plástico, con la otra ayudaba a su endeble figurita de unos ocho años a mantener el equilibrio en el vehículo en movimiento.

Antes de llegar al final del bus, ya se le había acabado la mercancía, pero mecánicamente hizo el recorrido hasta la última silla, mientras empezaba a recitar el discurso de cada pequeño recorrido: "somos un grupo de jóvenes que a diario...". Mientras hablaba, miraba hacia el suelo, nunca a la cara de su público, que en muchos casos también evitaba mirarlo a los ojos. Yo en cambio, no podía evitar centrar mi atención en él cuando caminaba con paso lento hacia la parte delantera del bus, mientras movía su bolsa de arriba a abajo inflándola como si fuese una bomba, abrigando quizás el fugaz sueño de haberlo vendido todo.

Ese bus como todos los de su género, andaba imponente y orondo pero al mismo tiempo con torpeza, por las calles de una ciudad que suele autodenominarse la tacita de plata. Pasaba por frente de sus universidades que presumen de ser las mejores del país, por frente de las vallas que anuncian el buen uso de los dineros municipales, por frente de todos los íconos que representan "el mejor vividero del mundo", mientras en el interior de él varias decenas de pasajeros éramos testigos de una escena muy común.

Al llegar junto al conductor, recostó su cuerpo moreno en la registradora y terminó de promocionar su producto: "a doscientos pesos la unidad y para mayor economía las tres en quinientos" de la forma más mecánica posible mientras sus ojitos oscuros se concentraban en el juguete momentáneo en que se había convertido su instrumento de trabajo ante la ilusión de haber completado la labor.

Finalmente rehizo su camino hacia la parte trasera del bus, recogiendo pasajero por pasajero las granolas inicialmente repartidas o las monedas proporcionadas por aquellas personas de buen corazón que "quisieron y le pudieron colaborar", agradeció al conductor y se bajó en la Alpujarra.

Su bolsa ya no estaba vacía.