lunes, 10 de noviembre de 2008

Amo tanto este país, que a veces lo odio...

Caminar por el centro de Medellín suele ser una experiencia siempre llamativa, a veces dulce a veces perturbadora. Hay días en los que admiro lo pintoresco de las personas que recorren las calles y la lucha diaria de los rebuscadores. Pero hoy mis ojos tenían una actitud un poco menos positiva. O más bien, muy negativa.

Detrás del Hotel Nutibara, ubicado en un lugar peligroso pero histórico ví la figura más deprimente que haya podido ver en la vida: un niño de unos 10 años, aparentemente suspendido en una edad inferior a causa del consumo de alucinógenos, con sus pequeños huesos marcados y sus ojos prácticamente apagados. Increíblemente caminaba.

En el resto de mi recorrido mis ojos siguieron advirtiendo a cada esquina realidades similares, las siempre reflexionadas por toda la gente, las que son objeto de todos los debates y de las conversaciones de los pasajeros que observan aterrados desde los buses: las mujeres habitantes de la calle embarazadas, los sacoleros, los niños que a sus 10 años tienen más mundo que yo en toda mi vida, las niñas de 11 y 12 años en embarazo, los niños hambrientos, vendedores de dulces y huérfanos de padres y de ilusiones. Un ejército de seres humanos sin futuro con el único afán de sobrevivir al día de hoy y sin la seguridad de que habrá uno mañana.

Un montón de gente que no sale en los indicadores, un montón de gente que la Alcaldía no muestra, que la radio no presenta, que los periódicos no imprimen en sus rotativas. Un mundo sin rostro y también sin esperanzas. La pregunta obligada a las también obligadas reflexiones siempre es la misma ¿y qué rayos puede hacer uno? y mi respuesta siempre es: muchas cosas.

Pero habitamos un país inerte, conchudo y acomodado en la pobreza, un país mediocre que aguanta hambre y pobreza pero se dice el más feliz del mundo ¡oh descaro! Un país que espera silencioso y oscuro a que el gobernante de turno les salve la vida aunque sepan con plena certeza que nunca nadie lo va a hacer.

Un país y una ciudad acomodados en los brazos de la burocracia, de un gobierno que se preocupa más por revisar que el logo de la alcaldía luzca del tamaño adecuado en los boletines aunque ello retrase la comida para los niños, un gobierno que combate la guerra con guerra mientras la gente muere a la entrada de los hospitales y los sueños de los niños mueren a la salida del colegio.

Un país y una ciudad en la que el gobierno sabe que la ciudadanía no hará nada y la ciudadanía sabe que el gobierno seguirá igual. Como me dijo alguien hace poco acerca de una campaña de la Alcaldía de Medellín: "aquí no entra la violencia"... porque ya estaba adentro y nos está violando...