"Lo que deberían hacer sería poner una bomba en el monte y acabar de un solo golpe con todos los guerrilleros, qué le hace si mueren campesinos, así se acaba todo el problema de una vez", fue la frase que soltó, sin ningún miramento, una persona muy allegada a mí durante alguna discusión política. Una persona quien, por sobre todas las cosas, ha sido definida por el dolor de haber padecido de forma prolongada el drama del conflicto en Colombia, encarnado particularmente en la tortura de la desaparición forzosa.
***
Nicolás Montero en la pantalla enuncia a los dos finalistas del concurso El Gran Colombiano: Garzón y Uribe. No es casualidad, pienso, que la ciencia, la literatura e inclusive la farándula hayan quedado por debajo de estos dos personajes, quienes sin duda alguna son representantes, ante todo, del conflicto armado del país. Primer asunto que me queda claro esta noche: puede ser que Colombia no tenga memoria, pero tiene entrañas, y es allí donde permanecen las huellas de la violencia. Por eso, aunque nuestra gente no entienda, no recuerde e incluso a veces no vea muchas cosas, sigue sintiendo una sola cosa: la guerra.
María Jimena Duzán al conocer los dos finalistas, definió a éste como un "país esquizofrénico", uno que manifiesta al unísono que siente y resiente los golpes de la violencia, pero cuyas dos personalidades no se ponen de acuerdo en la manera de limpiar este problema de nuestro presente. Segundo asunto claro de la noche: en ese punto central de nuestras vidas, donde habita el conflicto, habita también esa dualidad entre dos formas opuestas de verlo, entenderlo, pensarlo y combatirlo.
Y el tercer asunto que queda claro: había que elegir y Colombia eligió. No en un concurso aparentemente trivial sino en una realidad que, como todas las cosas permanentes, resulta silenciosa, como un paisaje, hasta que circunstancias como éstas que nos obligan a pensarnos, revelarnos e identificarnos, nos recuerdan que estamos lamentablemente inmersas en ellas.
En Colombia ganó la sangre que nos hierve adentro, la que conoce los embates de la violencia e instintivamente cree en ésta como la única respuesta, nuestra memoria muda no nos recuerda que aquélla siempre deja un deudo que más tarde vuelve con otro rostro a reclamar su duelo. En Colombia ganaron las tripas que decidieron reírse de sus desdichas, los oídos desoyeron las críticas serias detrás de las carcajadas y las manos ignoraron las invitaciones a la acción que proferían las propias manos activas de Garzón.
En Colombia ganaron las entrañas y perdió la memoria; ganaron los patriarcas que ofrecen soluciones unilaterales que ahorran el indeseable esfuerzo del disenso y perdió la invitación a construir soluciones colectivas y beneficiosas para las mayorías; ganaron las élites y perdió la población, hundida en su propia desidia hacia la búsqueda de alternativas duraderas para construir la paz.
Pero eso no pasó en el concurso, ni pasó hace más de 10 años cuando Uribe llegó a la presidencia, ni hace 14 años cuando manos impunes asesinaron a Garzón. Eso ha venido pasando y pasa, cada día, como una impronta indeleble de nuestra apasionada y feliz colombianidad, que necesita un caudillo que extirpe el cáncer de un solo tirón, para que podamos dejar de pensar en ese incómodo problema, aunque tenga que destruir la mitad del cuerpo y aunque sepa en el fondo, que la enfermedad ya hizo metástasis en todo lo demás.
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Nada de lo que he dicho aquí es nuevo para nadie. Al igual que muchos, adivinaba el resultado del concurso, pero eso no evitó que el corazón se me volviera a descolgar del pecho. Me voy a la cama esta noche, con la desazón renovada que me produce el comprobar que la guerra sigue siendo el leitmotiv de este país, el que nos habita despiadadamente con cara de problema y máscara de solución.
domingo, 23 de junio de 2013
martes, 5 de febrero de 2013
Irse
"Todo lo que viene, se va. No trates de retenerlo. Di sí a todo lo que viene y sí a todo lo que se va"
AJ
AJ
A riesgo de sonar loca, me atrevo a decir que nuestra cultura tiene una desafortunada obsesión con la estabilidad, la permanencia y los planes a largo plazo. En alguna ocasión le comenté a una mujer mayor, a mi juicio muy sabia, que yo ya llevaba 3 años dictando clase en una misma universidad y más de 4 años de relación con el novio de turno. Me dijo: "eso habla muy bien de ti". Yo saqué pecho.
Pocos meses después me retiré de la universidad y la relación con ese novio terminó, obligándome a replantear mis planes futuros y preguntarme: ¿qué es lo próximo que quiero hacer? Con terror, por decir lo menos, descubrí que no tenía ni la menor idea de qué quería hacer en el año siguiente, ni en el otro, ni el de más allá. Sencillamente no sabía hacia dónde ir. Por lo pronto, pensé, debía satisfacer mis expectativas más inmediatas: quería irme a vivir sola y conseguirme algún trabajo. Eso, con exactitud, fue lo que hice. Y me hizo muy feliz.
Sin embargo, el fantasma de la permanencia me perseguía: comencé a buscar con desesperación planes para llenar mi agenda de los siguientes 10 años, pero no los encontré. Me preocupé: ¿cómo puede hacer uno para proyectarse si no sabe cuáles son sus sueños?, ¿cómo podría discernir entre un sueño y una simple idea vaga en mi cabeza?, ¿tenía que experimentar algún síntoma físico (mariposas en el estómago, por ejemplo) para saber que había encontrado mis verdaderos sueños?
Ante mi incapacidad de "proyectarme hacia el futuro", sentí que estaba en verdaderos problemas y acudí llorando a una psicóloga, explicándole con angustia: creo que tengo un temor oculto a comprometerme con cualquier cosa, sea una relación, un trabajo, la compra de una casa, un carro o simplemente unos tiquetes para un viaje dentro de tres meses.
Estaba aterrorizada cuando renuncié a Teleantioquia tras sólo 5 meses, cuando me fui de Feeling Company después de ínfimos 3 meses, cuando decidí no comprar boleta para ver a Madonna desde marzo porque no sabía dónde estaría cuando se hiciera el concierto en noviembre. ¿Cuál sería mi problema? ¿Qué trauma antiguo o reciente me impedía comprometerme? Lo peor, es que eso de los plazos cortos no era una novedad en mi vida. Era un asunto de siempre.
¿Permanecer o irse?
Cuando terminé la universidad comencé a notar que mis compañeros estaban emprendiendo sus propios proyectos de vida: casándose, creando empresa, estudiando posgrados. Seguramente, pensé, al haber alcanzado una meta a largo plazo como terminar los estudios, necesitaban plantearse una nueva para tener otra vez un motivo serio para aferrarse a la vida. Pero a mí no me pasaba lo mismo, de hecho, me costaba entender cómo me había planteado mis metas académicas y las había cumplido, puesto que eran plazos largos.
Además, noté que algunos de ellos iban recolectando una serie de años de experiencia laboral en empresas que no les brindaban oportunidades de crecimiento, y que por el contrario a veces les coartaban su desarrollo personal y/o económico. Mientras tanto, yo seguía acumulando experiencias breves, unas más y otras menos satisfactorias, y preguntándome ¿qué hay de malo en mí?
Sin embargo, en cierto punto de mi terapia con la psicóloga, luego de terminar de hablar de mis posibles traumas del pasado, comencé a hablar de mi vida presente y descubrí que era absolutamente feliz a pesar de mi falta de permanencia y planes a futuro: mi "hoy" era suficientemente satisfactorio como para estar pensando ¿qué voy a hacer mañana?
La obligación de permanecer
Entonces descubrí que en ese momento de mi vida, yo, desde el fondo de mi corazón, no tenía ninguna meta personal. El problema era que me preocupaba no cumplir con ese ideal socialmente impuesto de tener que casarme, vincularme a una empresa hasta la jubilación o comprarme una casa, en una sociedad donde eso de no planificar el futuro se asocia a irresponsabilidad, falta de seriedad, etc.
Después de ser consciente de eso, entendí que mi problema no era que no tuviera sueños, sino que los estaba buscando en el lugar equivocado: en cosas enormes en el futuro, cuando mi felicidad estaba en pequeñas cosas del presente, como una tarde al sol, un paseo a Guatapé (que queda a sólo dos horas), una escena impactante de una película, llegar al final de un libro o estrenar una olla nueva en mi apartamento de soltera.
Lo curioso, es que al ser consciente de la inmensa satisfacción que me brinda el presente, pude comenzar a hacer planes para mi futuro inmediato como permanecer otra temporada en la empresa donde me gusta trabajar o ahorrar para un viaje más largo dentro de un par de meses. ¿Y qué voy a hacer en dos años?, ¿o en cinco? No me pregunten, porque todavía no sé.
Un día a la vez
Quiero aclarar, antes de terminar, que no estoy haciéndole una apología a dejar los proyectos a medias o a vivir improvisando. Más bien, ésta es una invitación a no dejar nunca de preguntarnos si realmente estamos viviendo lo que deseamos en todos los ámbitos. Una vida estable no necesariamente es una vida feliz y cuando nos acomodamos en esa zona de confort que nos proporciona lo permanente, es posible que perdamos lentamente y sin notarlo cosas aún más preciadas y luego, al mirar atrás, veamos cuánto tiempo de nuestra vida desaprovechamos por permanecer "estables" en algo que no nos gustaba pero que no nos atrevíamos a dejar.
Epílogo
Según ciertas interpretaciones, soñar con morir no presagia la muerte sino el final de un ciclo y el inicio de una nueva vida. Cuando una etapa de nuestras vidas muere, otra nace. Por eso, lo importante a fin de cuentas es qué tan felices somos donde estamos y no cuánto tiempo logramos quedarnos.
*Este post va con dedicatoria a mi amiga Adriana Cano, por su capacidad de permanecer, pero también de saber irse a tiempo; de planear, pero también de improvisar.
jueves, 5 de julio de 2012
¿Alguien me dijo gorda?
La indignación del día vino hoy por cortesía de un artículo de Alejandra Azcárate publicado en Aló Mujeres donde la actriz expone, de manera sarcástica y despectiva, las siete ventajas de ser gorda, generando una fotografía de lo patético y lastimero que puede resultar estar pasada de kilos. Acto seguido, Maria Camila Vera, responde con otro artículo muy serio y limpio de sarcasmos, donde expone por qué ser gorda no es un problema y cómo todo lo expuesto por La Azcárate no pasa de ser una mala burla basada en estereotipos inútiles.
Sin embargo, aunque concuerdo en muchos aspectos con Maria Camila, a mi modo de ver están igual de cojas las dos versiones que estas dos mujeres nos proponen sobre la gordura, porque nos están midiendo la felicidad en indicadores de cantidad de novios, escala de amantes, índice de amigas envidiosas, promedio de caballeros que nos abren la puerta y nos corren la silla, tipologías de ropa que podemos usar, etc.
Entonces, si entendí bien ¿lo que me proponen es que seré más feliz si tengo más amigas, novios o amantes?, ¿si puedo usar más ropa? o ¿si la gente se porta mejor conmigo porque les parezco atractiva? Ustedes disculparán, pero a mi modo de ver, estamos perdidas si medimos la felicidad de esa manera, porque en cualquiera de los dos casos estaríamos esperando aprobación de los demás para ser como somos, una suerte de palmada en la espalda que diga "tranquila que gordita también eres deseable". Y la cosa no es así. No puede ser así.
De ser así, nuestra felicidad estaría siempre condicionada a la subjetividad de los demás y a los parámetros que la moda imponga en el momento, lo cual implica que sólo haya un modelo de belleza y que necesariamente un porcentaje de la población tenga que ser inevitablemente infeliz porque no puede (o no quiere) adherirse a ese modelo. Y desafortunadamente, así es para muchas mujeres, en efecto.
Les puedo contar que yo pasé por los dos extremos: fui talla 6 y talla 16, por eso sé que se puede sufrir por igual siendo flaca o siendo gorda cuando los problemas están en el interior, y que esos problemas no se resuelven adaptándose a ningún modelo físico, sino rompiendo el modelo mental. Hay que tomarse el tiempo para conocerse, mirarse en el espejo sin compararse con nadie y poder decir "me gustan mis ojos, mis piernas, mis manos" y por supuesto también "no me gusta mi uña del dedo meñique del pie derecho" y ver qué hago para mejorar ese defecto, para aproximarme lo más que pueda a mi propio ideal de belleza.
Alguien me dijo una vez, que para que una mujer pudiera ser realmente sexy tenía que comenzar por conocerse profundamente a sí misma y así poder exteriorizar con plenitud su esencia y mostrar sus cualidades particulares al mundo. Finalmente, cuando nos conocemos objetivamente, no esperamos lo que nos diga el exterior acerca de nosotras mismas sino que hablamos nuestro propio lenguaje con el cuerpo, e indudablemente la energía que proyectamos nos traerá a cambio las mejores experiencias e inclusive hasta la mejor ropa y la mejor comida, sólo por el hecho de que somos plenas con lo que somos.
¿Y La Azcárate?
Al final de esta historia, lo que menos viene importando es el papel que juega Alejandra Azcárate. Claramente ella interpreta un papel irreverente en nuestra farándula criolla que no tiene nada de relevante. Es como la mala de la novela, esa que da el mal ejemplo, esa que la gente no quiere pero que no pasa de ahí: de ser un mero personaje, una caracterización nada más.
Lo importante aquí es reconocer que los problemas que nuestra sociedad tiene con la estética femenina no son responsabilidad de Alejandra Azcárate ni de ninguna otra actriz o modelo. Al contrario, ellas también son víctimas.
Me parece que en lugar de indignarnos por lo que ella dice en voz alta, debemos reconocer que muchos decimos cosas en voz baja de los gordos, las narices, las gafas, la ropa y los huesos de los demás. Acá lo clave es que nos preguntemos: ¿cómo hacemos para que nuestras mujeres puedan desarrollar una mirada diferente e individual de la estética propia y la de las demás?
lunes, 31 de octubre de 2011
De "mandamientos" y libertades
Hoy me encontré en una de mis redes sociales una imagen que llamó mi atención y con la cual me identifiqué de inmediato. En ésta, una mujer miraba seria y fijamente a la cámara y junto a ella una frase enunciaba: "Nunca arriesgaré mi salud por alcanzar un estereotipo de belleza".
Luego noté que ésta imagen hacía parte de un álbum titulado "Mandamientos de la mujer" y continué observando todos los demás. Lo curioso, es que una vez le dí la vuelta al álbum completo y llegué a la imagen por la que había comenzado, mi sentimiento hacia ella cambió, me di cuenta de que esa misma frase vista con ojos de "mandamiento" era diferente y me llevó a preguntarme: ¿entonces quienes decidan someterse a una cirugía riesgosa para alcanzar un estereotipo, son menos mujeres que yo? En ese momento comprendí que cuando vemos las cosas con cara de obligación, de regla, o de "mandamiento", cambian completamente.
Siguiendo las imágenes, encontré que hacían parte de una iniciativa de la marca de ropa interior Vicky Form, que tenía como objetivo recoger aportes de cientos de mujeres para "encontrar las nuevas reglas por las cuales queremos regirnos y comportarnos" y debo decir que aunque me parecen loables tanto la intención como los aportes de las mujeres que participaron, al dar con ellos tuve algunos sentimientos encontrados que expreso a continuación.
De "mandamientos" y libertades
"Libertades", ese concepto tan difuso y a la vez tan indispensable por el que tantas mujeres lucharon a lo largo de la historia. Libertad para votar, trabajar, vestir, amar, estudiar, creer, crear y muchas otras posibilidades de las que muchas damas no son conscientes y que aún muchas otras aún no han obtenido a pesar del cambio de los tiempos y de los enormes esfuerzos. Tanto que nos falta por decir y aprender acerca de las libertades femeninas y aún así ¿resultamos hablando de nuevas reglas?
A mi modo de ver, es absurdo que hayamos luchado tanto por libertades para que ahora en lugar de hablar en clave de "derechos", lo estemos haciendo en clave de "mandamientos". Con campañas como ésta, el mensaje que se envía no es que las mujeres somos libres, sino que ahora tenemos obligaciones diferentes frente a la sociedad.
Algún lector podrá decir que se trata sólo de una cuestión de lenguaje pero que el objetivo sigue siendo expresar los derechos que para nosotras son indispensables. Sin embargo, opino que en casos como éste el lenguaje es realmente expresión del sentir de un sector de la sociedad: que la mujer contemporánea debe estar a la altura de los derechos obtenidos y tiene que comportarse obligatoriamente en consecuencia con ellos.
Que si las feministas lucharon para que pudiésemos trabajar, tenemos la responsabilidad de hacerlo; que si hemos ganado libertades sexuales, tenemos que hacer uso de ellas, o que el hogar no puede ser el centro de nuestras vidas, por poner algunos ejemplos. Pero si una mujer desea ser ama de casa, si desea vivir conforme a determinados dogmas que aprendió, si decide que el hogar sea el centro de su vida ¿no tiene también la libertad de hacerlo?
No podemos caer en el error de confundir la lucha por obtener nuevas libertades, con el esfuerzo por llevarle la contraria a todas las obligaciones de las cuales hemos ido logrando desligarnos a lo largo de la historia. La libertad está profundamente ligada a la diferencia, a la individualidad, por eso no es justo que nos permitamos nuevas normas, nuevos mandamientos que busquen uniformarnos otra vez, aunque sea en el lado opuesto.
Yo, personalmente, admiro a la mujer que por voluntad propia decide dejar su trabajo para dedicarse a sus hijos, así como admiro que a la que decide no casarse y pasarse la vida recorriendo el planeta; respeto a la mujer que decide hacerse una lipoescultura aunque sepa que corre un riesgo, igual que a la que se pasa la vida entera en tenis y sin una gota de maquillaje. Nosotras, siempre que lo hagamos con plena convicción, tenemos derecho a decidir cuáles son las libertades y responsabilidades que asumimos frente al mundo que nos rodea y no por eso somos más o menos mujeres.
Por ser mujeres no estamos obligadas a ser sumisas o a vivir bajo represión, pero tampoco bajo la presión social de tener que asumir unas normas nuevas por mucho que otras las hayan luchado. Nosotras tenemos el derecho a decidir por voluntad propia en dónde está nuestra realización personal y así como hace décadas hubo quienes lucharon para deshacerse de las presiones existentes, yo exijo hoy ¡por favor, no nos pongamos presiones nuevas!
Desde mi punto de vista, esta campaña sería ideal si no hablara de "Los 10 mandamientos", sino de "Las 10.000 libertades" y comenzaría por cambiar la frase que mencioné al comienzo, transformándola en una libertad y no una obligación: "Soy libre para amar mi cuerpo tal y como es, más allá de los estereotipos de belleza".
domingo, 23 de octubre de 2011
Las maravillas de una vida sencilla
Esta noche leí un post donde Jorge Montoya nos comparte una lista de sus placeres sencillos. Al hacerlo, descubrí que llevo un buen tiempo meditando sobre mi propia lista y haber leído la de otra persona sólo consiguió que ésta se desbordara de mi cabeza y me condujera, como hace tiempos no me pasaba, al placer de escribir con una enorme urgencia de hacerlo. En fin, aquí va:
- Ver la luz del sol entre las hojas de los árboles
- Cantar a todo pulmón, con voz voluntariamente desafinada
- Llorar viendo una película
- Llorar de felicidad o de risa
- Escuchar las ocurrencias de los niños pequeños
- Cocinar pastas de tornillitos
- Sentarme con los pies montados en la silla
- Mirar las luces de la ciudad por las noches
- Mirar las estrellas y pensar que el Cinturón de Orión me pertenece
- El olor del frío de la noche en Bogotá y el olor del jazmín de noche en Medellín
- Ver el paisaje cuando viajo por carretera
- Conversar por horas sin sentir el paso del tiempo
- Encontrar la palabra precisa en el momento preciso
- Escribir cuando me surge la urgencia de hacerlo
- La complicidad: una patadita debajo de la mesa, un guiño, un gesto
- Las veces que mi mamá utiliza algún término juvenil/coloquial aprendido de mi hermano y de mí
- Contar historias, aunque sepa que los demás no quieren escucharlas y escribir, aunque sepa que nadie va a leer
- Reírme y sonreírme a solas
- Sentir mariposas en el estómago y verlas recorrer mi espalda
- La extraña nostalgia que siento al terminar un libro
- Un café caliente
- Encontrar el número 22 en todo
Y reservo un lugar especial a mis placeres más amados:
- Ver y oler la lluvia
- Escuchar la misma canción durante horas
- Despeinarme
- Bailar
- Andar descalza
- Despeinarme bailando descalza
- Los cielos azules, los cielos grises, pero fundamentalmente los atardeceres rojos, anaranjados, amarillos
Uno se pasa la vida soñando con grandes cosas, pero si nos fijamos, incluso la felicidad de los grandes logros está realmente en los detalles que los acompañan. He ahí la maravilla de una vida sencilla.
Epílogo
Tras terminar mi lista recordé un fragmento de El Principito:
"Las personas mayores aman las cifras. Cuando les hablas de un nuevo amigo, jamás te preguntan sobre lo esencial. Jamás te preguntan: '¿Cuál es el sonido de su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Colecciona mariposas?'. En cambio, indagan: '¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos son? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?'. Solamente entonces creen conocerle."
Este fragmento me recuerda que a veces en el afán de construirnos un futuro y una vida de adultos nos convertimos en esas "personas mayores" e ignoramos involuntariamente las cosas simples, las esenciales. Como que lo valioso de un trabajo son las pequeñas satisfacciones y las risas con los compañeros; como que lo maravilloso de una casa no es su valor o sus acabados, sino los momentos que vivimos en ella; como que los pequeños incidentes de la vida se terminan convirtiendo en anécdotas y cuando nos sentimos plenos acabamos disfrutando el camino más que el destino mismo.
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