La primera vez que supe acerca de un happening, fue en voz de Diana Uribe, cuando echaba su cuento acerca de mayo del 68. Los happening en ese entonces fueron una manifestación de la mentalidad que pretendía cambiar el mundo de manera revolucionaria, en una década que fue definitivamente trascendente para la vida en occidente.
Pues bien, esta época que nos tocó vivir tiene en común con la década de los 60's el cambio social, representado por el advenimiento de la Sociedad de la Información y de otro lado la preocupación creciente por el cambio climático, que cada vez nos pone en condiciones más desfavorables con respecto de nuestro lastimado ecosistema.
Por ello, las personas que estamos comprometidas con medellinsincontaminacion.org, queremos rescatar esa manifestación lúdica y artística que en otro momento de la historia tuvo su relevancia en la reflexión sobre nuevos modos de pensar.
Hoy queremos invitar a la gente a que se tome un ratico de su día para pensar en el aire que respiramos y en lo mal que estamos viviendo en medio de una gran nube de humo negro. Además, queremos reivindicar la Red como una forma de ser en sociedad, manifestarnos y comprometernos en un fin común.
Por eso, la invitación para todos es que se saquen una foto tapandose la nariz y la boca como gesto de repudio por el aire contaminado que nos vemos obligados a respirar, y la publiquen en sus perfiles de Twitter, Facebook, Hi5, Flickr y cualquier otro espacio en donde compartan fotografías. De la misma forma, pueden enviarla al correo medellinsincontaminacion@gmail.com, para que la publiquemos en este mosaico.
No es necesario ser de Medellín para participar, si bien esta iniciativa nace en esta ciudad, la idea es que como ciudadanos de la Red, potencialicemos las posibilidades que tenemos en ella, así que la invitación queda abierta. Acciones como esta puede que no representen cambios a corto plazo, pero son una buena forma de empezar a actuar.
lunes, 4 de mayo de 2009
viernes, 24 de abril de 2009
Mi propia desgracia logística
Hace una semanas, Melpómene me inspiró a contar mi desgracia burocrática. Hoy, Adriana Cano, una amiga periodista (desafortunadamente sin blog), es mi inspiradora para contar una nueva desgracia, pero logística en esta ocasión. Su buen artículo sobre el enredo que hay en el ingreso al Edificio Inteligente de las Empresas Públicas de Medellín por culpa de la absurda comunicación y logística, me motivó a escribir un problema similar que hay en el Aeropuerto José María Córdova, que me causó grandes incomodidades en alguna ocasión.
El lector comprenderá que esta historia amerita un gráfico, porque es tan compleja que nadie entendería, a no ser que tenga mucha paciencia.
Todo empezó...
Todo empezó un lunes a las 11:30 a.m. cuando abordé, detrás del Hotel Nutibara, un colectivo con destino al aeropuerto José María Córdova, ubicado en Rionegro, un municipio que queda a poco menos de una hora de Medellín. Tenía más de una hora para llegar a mi destino, pero ese día la suerte no estaba de mi lado y los frenos del carro empezaron a fallar a mitad de camino, motivo por el cual el conductor tuvo que reducir la marcha del carro a una velocidad mínima, lo cual me hizo llegar cerca de la 1:00 p.m. para abordar el vuelo de la 1:45.
Fui directo hacia la taquilla de Aerorepública y reclamé el pasabordo. La mujer que me atendió, me indicó: diríjase a la sala 11, en la mitad del pasillo. Confiada, después de haber viajado varias veces a Bogotá desde ese mismo aeropuerto le dije a @ABCamilo (Camilo Arango) que comiéramos algo porque era hora de almuerzo y aún contábamos con algunos minutos.
La sala 7
Posteriormente revisé mi pasabordo y noté que decía: Sala 7. Pensé que había escuchado que me habían dicho Sala 11, pero igual la evidencia estaba en mis manos, tal vez había oído mal y realmente era la 7, así que procedí a buscarla. Y en este momento empieza uno de los enredos más grandes que mi mente ha podido concebir en las más de dos décadas que llevo en este mundo mal comunicado.
Busqué en la "mitad del pasillo" donde se suponía que estaba la sala, y encontré la nomenclatura que indicaba claramente: Sala 2, así que mi cabeza acostumbrada a la lógica de un mundo ordenado, numérico y lógico, buscó la proximidad de las salas 3 o 1, que me indicarían hacia qué lado avanzar.
Pero no, avancé torpemente de un lado a otro durante varios minutos y después de muchos metros ví que no había otra entrada próxima, así que en la famosa entrada a la Sala 2, le pregunté a un vigilante en dónde era la sala 7. "¿Viaja por Aerorepública?" me preguntó observando el pasabordo en mi mano, y después de mi respuesta afirmativa, me indicó que fuera hasta el fondo del pasillo, de donde acababa de devolverme.
Y como a mí me enseñaron a seguir instrucciones, eso hice con exactitud. Pero los minutos pasaban y al final del pasillo sólo me encontré con el cartel que enunciaba la Sala 1. En algún momento llegué a pensar que tal vez había pasado sin ver el aviso de la Sala 7 ¿sería posible?

La sala 11
Como ya estaba en el final del pasillo me devolví, y al pasar por la taquilla de Aerorepública le pregunté a la persona que atendía, cuál era el lugar donde debía abordar y me respondió que era en la Sala 11 ¡Por Dios! qué falta de coordinación ¿será muy difícil imprimir el número de la sala correcta en el pasabordo?
Pero la cosa no termina aún. Después de que la empleada de Aerorepública me regañara y me indicara que corriera porque el avión ya me iba a dejar, me dijo que la susodicha sala, estaba ubicada, al final del pasillo, pero al lado contrario de donde venía.

En esta parte de la historia es importante contextualizar. Este aeropuerto es un amplio pasillo a lo largo del cual están ubicadas todas las salas de abordaje. Hagan cuentas: si hay 11 salas, y cada una en su parte exterior debe tener espacio suficiente para parquear un avión, digamos 30 o 40 metros, el corredor como mínimo debe medir más o menos medio kilómetro.
Venía yo corriendo entonces desde el extremo de la Sala 1 (con escala en la oficina de Aerorepública), en busca del otro extremo en donde me decían que estaba la Sala 11. Pues bien, antes de llegar al final encontré la sala 3, y confundida, le pregunté a un funcionario por mi destino y me indicó nuevamente que fuera hasta el final. Esta historia se repitió posteriormente con otro funcionario, y cuando llegué al famoso final sí había una sala 11, pero no tenía ninguna entrada porque el ingreso era por la Sala 3, pero esta era solo para vuelos internacionales.
Fue entonces, al final de todo el recorrido cuando un joven que hacía el aseo me indicó que a la Sala 11, podía entrar por la Sala 2. Si han podido seguir el hilo de este enredo, se habrán dado cuenta de que esa sala 2 fue la primera que encontré al comienzo de la historia, de donde el vigilante me envió al primer extremo del pasillo y donde se complicó toda esta historia.

Ya un poco asfixiada, corrí de nuevo en sentido contrario, hacia la Sala 2, mientras escuchaba en el altoparlante "Último llamado para abordar el vuelo...". Una vez allí, me encontré al vigilante que me había hecho enredar y de paso lo amenacé con quejarme de sus malas indicaciones si el avión me dejaba.
Pasé mi maleta por la maquinita aquella, vino el detector de metales, la respectiva requisa y a correr nuevamente, pero ahora con el portátil al hombro dándome golpes en la espalda. Otra vez, desde la Sala 2 hasta la Sala 11, pero en esta ocasión por dentro del pasillo de las salas de espera (línea naranja). En total, el recorrido torpe de un lado a otro, fue de más de un kilómetro.
Cuando ví de lejos el avión con el logo azul de Aerorepública, me volvió el alma al cuerpo. Pero se me volvió a salir en cuestión de segundos cuando llegué al punto y me dí cuenta de que el avión estaba arrancando ya y una azafata en la pista de aterrizaje portaba ya mi equipaje para hacerme la respectiva devolución. Si señores, el avión me dejó.

Epílogo: la continuación de la historia, de cómo logré llegar a Bogotá y cómo la queja se convirtió en otro mareo y de paso otro papeleo, da para completar la trilogía de desgracias. Así que se las compartiré en otro momento. Gracias por llegar al final de esta historia tan enredada (hasta para mí).
El lector comprenderá que esta historia amerita un gráfico, porque es tan compleja que nadie entendería, a no ser que tenga mucha paciencia.
Todo empezó...
Todo empezó un lunes a las 11:30 a.m. cuando abordé, detrás del Hotel Nutibara, un colectivo con destino al aeropuerto José María Córdova, ubicado en Rionegro, un municipio que queda a poco menos de una hora de Medellín. Tenía más de una hora para llegar a mi destino, pero ese día la suerte no estaba de mi lado y los frenos del carro empezaron a fallar a mitad de camino, motivo por el cual el conductor tuvo que reducir la marcha del carro a una velocidad mínima, lo cual me hizo llegar cerca de la 1:00 p.m. para abordar el vuelo de la 1:45.
Fui directo hacia la taquilla de Aerorepública y reclamé el pasabordo. La mujer que me atendió, me indicó: diríjase a la sala 11, en la mitad del pasillo. Confiada, después de haber viajado varias veces a Bogotá desde ese mismo aeropuerto le dije a @ABCamilo (Camilo Arango) que comiéramos algo porque era hora de almuerzo y aún contábamos con algunos minutos.
La sala 7
Posteriormente revisé mi pasabordo y noté que decía: Sala 7. Pensé que había escuchado que me habían dicho Sala 11, pero igual la evidencia estaba en mis manos, tal vez había oído mal y realmente era la 7, así que procedí a buscarla. Y en este momento empieza uno de los enredos más grandes que mi mente ha podido concebir en las más de dos décadas que llevo en este mundo mal comunicado.
Busqué en la "mitad del pasillo" donde se suponía que estaba la sala, y encontré la nomenclatura que indicaba claramente: Sala 2, así que mi cabeza acostumbrada a la lógica de un mundo ordenado, numérico y lógico, buscó la proximidad de las salas 3 o 1, que me indicarían hacia qué lado avanzar.
Pero no, avancé torpemente de un lado a otro durante varios minutos y después de muchos metros ví que no había otra entrada próxima, así que en la famosa entrada a la Sala 2, le pregunté a un vigilante en dónde era la sala 7. "¿Viaja por Aerorepública?" me preguntó observando el pasabordo en mi mano, y después de mi respuesta afirmativa, me indicó que fuera hasta el fondo del pasillo, de donde acababa de devolverme.Y como a mí me enseñaron a seguir instrucciones, eso hice con exactitud. Pero los minutos pasaban y al final del pasillo sólo me encontré con el cartel que enunciaba la Sala 1. En algún momento llegué a pensar que tal vez había pasado sin ver el aviso de la Sala 7 ¿sería posible?

La sala 11
Como ya estaba en el final del pasillo me devolví, y al pasar por la taquilla de Aerorepública le pregunté a la persona que atendía, cuál era el lugar donde debía abordar y me respondió que era en la Sala 11 ¡Por Dios! qué falta de coordinación ¿será muy difícil imprimir el número de la sala correcta en el pasabordo?
Pero la cosa no termina aún. Después de que la empleada de Aerorepública me regañara y me indicara que corriera porque el avión ya me iba a dejar, me dijo que la susodicha sala, estaba ubicada, al final del pasillo, pero al lado contrario de donde venía.

En esta parte de la historia es importante contextualizar. Este aeropuerto es un amplio pasillo a lo largo del cual están ubicadas todas las salas de abordaje. Hagan cuentas: si hay 11 salas, y cada una en su parte exterior debe tener espacio suficiente para parquear un avión, digamos 30 o 40 metros, el corredor como mínimo debe medir más o menos medio kilómetro.
Venía yo corriendo entonces desde el extremo de la Sala 1 (con escala en la oficina de Aerorepública), en busca del otro extremo en donde me decían que estaba la Sala 11. Pues bien, antes de llegar al final encontré la sala 3, y confundida, le pregunté a un funcionario por mi destino y me indicó nuevamente que fuera hasta el final. Esta historia se repitió posteriormente con otro funcionario, y cuando llegué al famoso final sí había una sala 11, pero no tenía ninguna entrada porque el ingreso era por la Sala 3, pero esta era solo para vuelos internacionales.
Fue entonces, al final de todo el recorrido cuando un joven que hacía el aseo me indicó que a la Sala 11, podía entrar por la Sala 2. Si han podido seguir el hilo de este enredo, se habrán dado cuenta de que esa sala 2 fue la primera que encontré al comienzo de la historia, de donde el vigilante me envió al primer extremo del pasillo y donde se complicó toda esta historia.

Ya un poco asfixiada, corrí de nuevo en sentido contrario, hacia la Sala 2, mientras escuchaba en el altoparlante "Último llamado para abordar el vuelo...". Una vez allí, me encontré al vigilante que me había hecho enredar y de paso lo amenacé con quejarme de sus malas indicaciones si el avión me dejaba.
Pasé mi maleta por la maquinita aquella, vino el detector de metales, la respectiva requisa y a correr nuevamente, pero ahora con el portátil al hombro dándome golpes en la espalda. Otra vez, desde la Sala 2 hasta la Sala 11, pero en esta ocasión por dentro del pasillo de las salas de espera (línea naranja). En total, el recorrido torpe de un lado a otro, fue de más de un kilómetro.
Cuando ví de lejos el avión con el logo azul de Aerorepública, me volvió el alma al cuerpo. Pero se me volvió a salir en cuestión de segundos cuando llegué al punto y me dí cuenta de que el avión estaba arrancando ya y una azafata en la pista de aterrizaje portaba ya mi equipaje para hacerme la respectiva devolución. Si señores, el avión me dejó.

Epílogo: la continuación de la historia, de cómo logré llegar a Bogotá y cómo la queja se convirtió en otro mareo y de paso otro papeleo, da para completar la trilogía de desgracias. Así que se las compartiré en otro momento. Gracias por llegar al final de esta historia tan enredada (hasta para mí).
jueves, 23 de abril de 2009
Hoy también es el día de la tierra
Con algún grado de escepticismo, hace algunos meses estoy en Twitter, una especie de comunidad virtual que se construye a partir de publicaciones de 140 caracteres de extensión. En resumen, es algo así como un sitio en el cual lo único que uno puede hacer es tener amigos y publicar su mensaje de estado, y por medio de este comunicarse con los contactos. Sin embargo, tengo que decir que hace pocos días comprobé con sobradas razones que Twitter sí sirve, y mucho.
Un grupo de twitteros, a raíz de la publicación de este artículo titulado "Este Medellín que nos asfixia" empezamos a debatir sobre cómo motivar el cuidado del medio ambiente en la ciudad, sobre todo del aire.
Así que empezamos con una lluvia de ideas y terminamos plasmando algunas de ellas y abriendo el espacio para que la gente proponga otras en el blog www.MedellinSinContaminacion.org. Aún estamos en proceso de pulir algunos detalles, pero la invitación es abierta para que quienes quieran participar con fotos, artículos o ideas, lo haga de forma libre.
Por lo pronto, quiero compartirles este post que tiene como objetivo motivarnos a no desgastarnos en un día de la tierra al año, sino adquirir costumbres constantes que nos lleven a mejorar este mundo que tenemos ya tan herido.
Un grupo de twitteros, a raíz de la publicación de este artículo titulado "Este Medellín que nos asfixia" empezamos a debatir sobre cómo motivar el cuidado del medio ambiente en la ciudad, sobre todo del aire.
Así que empezamos con una lluvia de ideas y terminamos plasmando algunas de ellas y abriendo el espacio para que la gente proponga otras en el blog www.MedellinSinContaminacion.org. Aún estamos en proceso de pulir algunos detalles, pero la invitación es abierta para que quienes quieran participar con fotos, artículos o ideas, lo haga de forma libre.
Por lo pronto, quiero compartirles este post que tiene como objetivo motivarnos a no desgastarnos en un día de la tierra al año, sino adquirir costumbres constantes que nos lleven a mejorar este mundo que tenemos ya tan herido.
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Contaminación,
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jueves, 16 de abril de 2009
Amigo egresado
Esta tarde, sentada en la plazoleta Barrientos de la UdeA, me tomaba un granizado muy contenta, cuando empecé a recordar mis épocas de estudiante, especialmente en los primeros semestres.
Uno de estudiante es, lo que se llama popularmente, un completo "vaciado". Con unas ganas enormes de vivir, aprender, pasear, rumbear y pasar bueno y sólo los dos mil pesos del pasaje en el bolsillo, y muchas veces ni eso. Recordaba hoy que el pago de cada semestre me costaba 400 mil pesos y eso para mí era un problema gigante al inicio de cada período académico y que a veces tenía la ligereza de comerme un burrito en la entrada de Barranquilla y con eso ya descuadraba la plata de las fotocopias.
Pero el punto no es ese. Afortunadamente ya tengo en mi billetera un carné verde que me acredita como egresada de la Universidad de Antioquia, otro de docente de cátedra de la misma institución y unos pesos más que me permiten tomarme dos, tres y hasta veinte granizados, sin sentir el menor remordimiento.
El punto es que el estar en esta nueva amable posición, me hizo pensar que dentro del mismo campus hay otro montón de "primíparos" que aún están en la etapa difícil del asunto y que como mínimo agradecimiento con la institución, la sociedad y la vida, por permitirle a uno tener un cartón amarillo que dice "Universidad de Antioquia" y la mucha o poca solvencia económica que eso le represente, uno debería contribuirle a los muchachos de alguna forma.
¿Y entonces?
Estuve averiguando y me enteré de que en la UdeA hay un programa que se llama "Egresado Benefactor" en el que uno o varios egresados asumen el pago de la matrícula de uno o varios estudiantes que tengan la necesidad y el buen rendimiento académico. Así que se me ocurrió contarles, pensando que seguramente hay mucha más gente agradecida que se acuerda de lo difícil que es estar en esa posición.
Además, pensaba que saliéndonos del discurso de la U pública, en las universidades privadas hay muchas personas que también pasan las "duras y las maduras" y que seguramente quienes ya egresaron de estas instituciones también pueden encontrar programas como este para colaborarles a esos estudiantes que están "vaciados", como una vez lo estuvimos nosotros.
Ahí les dejo la inquietud.
Laura
Uno de estudiante es, lo que se llama popularmente, un completo "vaciado". Con unas ganas enormes de vivir, aprender, pasear, rumbear y pasar bueno y sólo los dos mil pesos del pasaje en el bolsillo, y muchas veces ni eso. Recordaba hoy que el pago de cada semestre me costaba 400 mil pesos y eso para mí era un problema gigante al inicio de cada período académico y que a veces tenía la ligereza de comerme un burrito en la entrada de Barranquilla y con eso ya descuadraba la plata de las fotocopias.
Pero el punto no es ese. Afortunadamente ya tengo en mi billetera un carné verde que me acredita como egresada de la Universidad de Antioquia, otro de docente de cátedra de la misma institución y unos pesos más que me permiten tomarme dos, tres y hasta veinte granizados, sin sentir el menor remordimiento.
El punto es que el estar en esta nueva amable posición, me hizo pensar que dentro del mismo campus hay otro montón de "primíparos" que aún están en la etapa difícil del asunto y que como mínimo agradecimiento con la institución, la sociedad y la vida, por permitirle a uno tener un cartón amarillo que dice "Universidad de Antioquia" y la mucha o poca solvencia económica que eso le represente, uno debería contribuirle a los muchachos de alguna forma.
¿Y entonces?
Estuve averiguando y me enteré de que en la UdeA hay un programa que se llama "Egresado Benefactor" en el que uno o varios egresados asumen el pago de la matrícula de uno o varios estudiantes que tengan la necesidad y el buen rendimiento académico. Así que se me ocurrió contarles, pensando que seguramente hay mucha más gente agradecida que se acuerda de lo difícil que es estar en esa posición.
Además, pensaba que saliéndonos del discurso de la U pública, en las universidades privadas hay muchas personas que también pasan las "duras y las maduras" y que seguramente quienes ya egresaron de estas instituciones también pueden encontrar programas como este para colaborarles a esos estudiantes que están "vaciados", como una vez lo estuvimos nosotros.
Ahí les dejo la inquietud.
Laura
sábado, 11 de abril de 2009
Mirarse...
Una vez estuve en un colegio femenino que no tenía espejos en los baños, según las directivas, para no incentivar la vanidad en las niñas. Sentí que de algún modo era un buen intento, pero también una afrenta contra el nunca bien ponderado espejo.
En mi casa solo hay un espejo y nadie lo compró, vino incorporado a uno de los baños y a pesar de lo limitante que pudiera resultar este evento, nunca nadie ha comprado otro en casi una década que llevamos viviendo en el mismo lugar.
A causa de ello, me puedo considerar una verdadera heroína de la vanidad. En vista de que el baño no es precisamente el lugar más disponible 24 horas en una casa, más aún si hablamos de las horas pico de la mañana, me ví en la necesidad de aprender a peinarme sin espejo, a veces incluso con plancha de ropa, antes de que comprara la del cabello. Lo mismo por las noches para desmaquillarme, porque para colmo el espejo, está ubicado en el baño privado de una alcoba.
Sin embargo, el punto de esta reflexión no es mi habilidad para acicalarme sin espejo.
Esta noche, mientras me desmaquillaba como siempre, sin el consabido adminículo y sabiendo que dejaba algunos residuos enormes de crema en mi rostro que después habrían de salir con agua y jabón, pensaba en los errores que cometemos en la vida cuando actuamos sin mirarnos.
Tal vez se trate de darle mucha trascendencia al espejo, pero más allá de eso, se la doy al significado de poder mirar hacia nosotros mismos en el momento en el que hacemos algo con nuestro cuerpo, con nuestra vida.
Nuestro tiempo es extremadamente veloz, los días pasan rápido y con ellos los años, y a veces en el afán de trabajar, estudiar y ahorrar dinero, se nos olvida cuáles fueron los objetivos que nos pusieron en semejante vacaloca y de repente estamos cansados, con un enorme dolor de espalda y ya se nos olvidó por qué.
Reflexiono sobre esto, porque siento que a menudo (más de lo que quisiera) me sucede esto, o lo alcanzo a ver en las personas que me rodean y que ya no tienen mucho tiempo para muchas cosas, pero van en una carrera en la que no están compitiendo con nadie. Y a veces hace falta detenerse y revisar para dónde es que va uno y si está yendo por el camino correcto. Lo grave es que hay cosas que no se solucionan con agua ni jabón, como el exceso de crema. He ahí la importancia de mirarse.
Laura
En mi casa solo hay un espejo y nadie lo compró, vino incorporado a uno de los baños y a pesar de lo limitante que pudiera resultar este evento, nunca nadie ha comprado otro en casi una década que llevamos viviendo en el mismo lugar.
A causa de ello, me puedo considerar una verdadera heroína de la vanidad. En vista de que el baño no es precisamente el lugar más disponible 24 horas en una casa, más aún si hablamos de las horas pico de la mañana, me ví en la necesidad de aprender a peinarme sin espejo, a veces incluso con plancha de ropa, antes de que comprara la del cabello. Lo mismo por las noches para desmaquillarme, porque para colmo el espejo, está ubicado en el baño privado de una alcoba.
Sin embargo, el punto de esta reflexión no es mi habilidad para acicalarme sin espejo.
Esta noche, mientras me desmaquillaba como siempre, sin el consabido adminículo y sabiendo que dejaba algunos residuos enormes de crema en mi rostro que después habrían de salir con agua y jabón, pensaba en los errores que cometemos en la vida cuando actuamos sin mirarnos.
Tal vez se trate de darle mucha trascendencia al espejo, pero más allá de eso, se la doy al significado de poder mirar hacia nosotros mismos en el momento en el que hacemos algo con nuestro cuerpo, con nuestra vida.
Nuestro tiempo es extremadamente veloz, los días pasan rápido y con ellos los años, y a veces en el afán de trabajar, estudiar y ahorrar dinero, se nos olvida cuáles fueron los objetivos que nos pusieron en semejante vacaloca y de repente estamos cansados, con un enorme dolor de espalda y ya se nos olvidó por qué.
Reflexiono sobre esto, porque siento que a menudo (más de lo que quisiera) me sucede esto, o lo alcanzo a ver en las personas que me rodean y que ya no tienen mucho tiempo para muchas cosas, pero van en una carrera en la que no están compitiendo con nadie. Y a veces hace falta detenerse y revisar para dónde es que va uno y si está yendo por el camino correcto. Lo grave es que hay cosas que no se solucionan con agua ni jabón, como el exceso de crema. He ahí la importancia de mirarse.
Laura
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