jueves, 4 de febrero de 2010

La esquina del movimiento: salsa agridulce

No me gusta el teatro basado en recrear las costumbres y lenguajes de algún grupo social (¿costumbrista?), porque me parece que ese hablado de chico de barrio popular o de arriero paisa lo puede imitar cualquiera, hasta yo, que soy de Bogotá. Además, por lo general estas obras se bastan con el humor estruendoso de estos acentos que recrean, sin tener un argumento sólido de base.

Tal vez por eso iba un poco prevenida a la función de "El parcero del popular Nro. 8, en la Esquina del Movimiento" y como lo suponía, comenzó así: un grupo de muchachos recreando las vestimentas y el hablado típico de los chirretes (como se llamaba a muchachos de los barrios populares de Medellín en los ochenta). Sin embargo, este montaje fue más allá, muchísimo más allá.

Conjugando luces y escenografía, con la representación del grupo de jóvenes y las intervenciones de El Parcero como narrador central, se desenvolvía una historia absolutamente diferente a la sicaresca a la que nos tienen acostumbrados los poco creativos directores que han narrado la violencia de Medellín. Combinando elementos fundamentales de un barrio popular, como la religión, el fútbol, la droga, la música, la violencia, la vida y la muerte, este montaje cuenta una historia igual a todas, pero parecida a ninguna.

Es un cuento de muchos barrios de Medellín, de su pobreza y de su unidad. Un cuento en el que un grupo de muchachos decide montar una banda, pero no de ladrones ni de sicarios, sino de música y cual otra mejor, sino la salsa.

Es un poema sobre Medellín, el poema más hermoso que he escuchado, porque es el primero que no miente sobre las falencias de esta ciudad, sino que a la vez que narra nuestros males más tristes, nos demuestra que estamos en una ciudad maravillosa y muy humana que aún tiene esperanza, pero no la esperanza que venden los políticos a cambio de un plato de sancocho, sino la que habita en cada uno de los medellinenses aunque no sepan que en ellos están las soluciones.

Este montaje es además una fiesta, en el momento en que llegó a su clímax y yo sentí que se me empezaban a llenar los ojos de lágrimas de emoción, pensé "solo falta que la gente se pare a bailar" y bueno... eso fue, con exactitud, lo que sucedió.

Sólo me queda invitar a la gente que está en Medellín a que vaya a ver esta obra, que como su mismo director Róbinson Posada reconoce "no tiene pretensiones actorales ni musicales" pero que francamente estremece el corazón.

domingo, 31 de enero de 2010

Desacredítese

No me gusta sacar créditos. Por lo general cuando me antojo de alguna cosa hago el proceso a la antigua: me abstengo de algunos gastos, trabajo duro y luego termino comprándome lo que deseo, pero nunca he sacado un crédito en un banco o almacén, ni nada que se le parezca.

Tal vez por eso me sorprende encontrarme con frecuencia personas que sacan a crédito un vestido, una camiseta, un par de tenis o incluso hasta una botella de algún licor. Objetos que rara vez son de primera necesidad y que con unos cuantos meses de ahorro podrían adquirir, en lugar de echarse encima una deuda.

En Medellín esta modalidad de crédito para objetos pequeños es bastante convencional y muchas personas tienen la costumbre de endeudarse para pagar sumas irrisorias con la cédula de ciudadanía como único requisito, para después quedarse colgados en las cuotas y perder la posibilidad de adquirir préstamos significativos para artículos significativos, como electrodomésticos, un computador o un automóvil.

Mucha gente en esta ciudad, ha adquirido la costumbre de hacerse a objetos con absoluta facilidad puesto que con esa facilidad se otorgan los créditos. No soy economista e ignoro influencia del crédito en el PIB, pero desde mi punto de vista es muy delicado que dentro de una cultura se vaya introyectando el concepto de "comprar sin dinero" más aún cuando son muchos los jóvenes que aún sin empezar su vida laboral, obtienen créditos para cosas que no son indispensables.

Comprar sin dinero es un ejercicio que elimina del todo el esfuerzo por adquirir lo que se desea y borra la magia de la alcancía en forma de marranito que le incorporaba un valor especial a las cosas que se tenían, convirtiendo los objetos en desechables que pueden ser reemplazados por otros rápidamente gracias a otro pequeño crédito.

Es una suerte de juego peligroso en el cual, a la larga, termina diuyéndose el valor del trabajo, el esfuerzo y hasta el honor propio, a cambio de objetos mínimos que en cuestión de meses, o a veces incluso horas en el caso de los licores, estarán fuera de uso. Es una estrategia en la cual está planteada como objeto principal la adquisición de mercancía, más allá de la necesidad o el poder adquisitivo de las personas.

Los créditos, una modalidad útil para obtener de manera inmediata objetos grandes que solo podríamos tener al cabo de años, se han convertido en una enfermedad cuyos síntomas se expresan en la compra de pequeñeces y en la pérdida del buen nombre, desdibujando el valor del trabajo y poniendo por encima de cualquier otro, el valor de las adquisiciones que consigue una persona sin importar como lo haga.

jueves, 28 de enero de 2010

Más allá del dolor

Una vez en mi vida estuve en una corrida de toros, pero tengo que hacer la salvedad de que no fue voluntaria mi asistencia a tal evento: estaba en las ferias de un pueblo boyacense, Floresta, en donde no conocía más que al médico del pueblo que era mi tío y quien estaría en la corrida, así que tuve que entrar.

Tengo que reconocer que me divertí muchísimo, porque antes y después de la corrida hubo espectáculo de música norteña y ranchera, algo que nunca en mi vida había visto y me fascinó ver cómo funcionaba esta especie de "concierto" a plena luz del día. Me detenía a mirar el rostro de las personas que desde el otro lado de la pequeña plaza de toros de madera que amenazaba a cada segundo con caerse, hacían gestos mientras cantaban a todo pulmón "qué de raro tiene, que me haya perdido, por una mujeeeer".

Pero hasta ahí. En el momento de la corrida tuve que pasar casi todo el tiempo con la cara cubierta con mis manos para evitar ver cómo lastimaban a los toros, una y otra vez. En varias ocasiones hacía preguntas a mi tío al respecto de tal espectáculo, las cuales hacían que me aterrara cada vez más.

Sin embargo, cuando salí de allí lo que más aterrada me dejó, no fue precisamente que maltrataran de tal forma un animal, sino la ferocidad con la cual las personas animaban al torero para que continuara con la faena. Se sentía cómo la multitud disfrutaba de ver sufrir al toro y cómo ante sus demostraciones de dolor y rabia, como siente dolor y rabia cualquier animal, animaban más al torero para que continuara.

Hoy ví un video en el cual un personaje comienza a describir de qué modo va a torturar un gato que tiene en sus brazos, de la misma manera que si fuera un toro en una corrida. Personalmente, se me retuerce el corazón de pensar que eso se lo hagan a un gato, perro, toro, loro o como se llame el animal. Dentro de mi lógica ellos son seres vivos y listo.

Bajo la misma lógica, funciona la campaña "Ponte en la piel del toro" que va aún más allá que el susodicho video. En esta campaña, las personas se ponen en el lugar del toro llenándose de sangre ficticia y banderillas haciendo alusión a la tortura que reciben estos animales en la llamada "Fiesta" Brava.

Dichas manifestaciones, en una persona como yo surten efecto y uno siempre se queda al menos pensando en dichos maltratos. Sin embargo, creo que el problema va más allá del dolor que se le infringe al toro.

Para ser honestos, hay que reconocer que en la naturaleza del ser humano está comer carne, el vegetarianismo puede ser una opción, pero no deja de ser viable más que para un pequeño porcentaje de la población mundial. En últimas, como cualquier animal de la selva, el ser humano debe matar para poder comer, pero solo para eso.

Sin embargo, en este caso (que es uno de muchos) la matanza del animal no se hace con fines de supervivencia, sino de diversión. El toro me recuerda un niño colegial, el típico que es el más pequeño del grupo y a quien los demás le hacen bromas porque les gusta burlarse de él, verlo llorar o hacer pataleta ante su impotencia frente a alguien que físicamente es superior. La diferencia es que a un niño de estos, rara vez lo lastiman y jamás lo matan.

En cambio al toro, sí. Se burlan de él, de su dolor, animan al torero a que le dé más vueltas, lo confunda, lo lastime más, como a un niño que no puede defenderse. No es una disputa de igual a igual y en medio de la inequidad del juego, el público enardecido ovaciona al más seguro ganador y grita a cada asalto como si asistiera a un partido de fútbol o si viera en concierto a su estrella favorita.

Estamos en un país dividido por mil motivos, cansado de violencia y de secuestros, de muertes en los barrios y de cientos de injusticias causadas nada más que por la mezquindad del hombre, pero a pesar de eso, parece que no hubiéramos aprendido cuando aparece esta gente que promueve que el ser humano se burle amplia y públicamente del sufrimiento de otro ser.

Y no tiene que ver esto con el discurso animalista de "respeto a todas las especies por igual", el meollo de este asunto no se encuentra del lado del toro, sino del lado del ser humano y de las acciones mezquinas que logran brotar de esta especie. Si son capaces de humillar y disfrutar de tal modo de la tortura de un animal ¿por qué nos extraña que puedan hacer lo mismo con otros seres humanos?

sábado, 19 de diciembre de 2009

Despacio... dé espacio

Life is a journey, not a destination
Cursiva La vida es un viaje, no un destino
Amazing-Aerosmith


Más o menos desde que me considero una adulta, diga usted desde los 18 o 19 para acá, las navidades son para mí una época menos romántica, pero en cierto modo más enamoradora. Ya no existe ese pensamiento de todo es paz y amor, tampoco la ilusión con los regalos, ni la espera del 24 para destaparlos con el misterio que eso conllevaba.

Por el contrario, es una época en la que se me antoja oler, saborear, sentir, ver... es como si los sentidos se agudizaran y me hace feliz el solo hecho de salir a la calle y sentir a qué huele el aire. Y más aún, me enamora ver cómo los niños juegan hasta altas horas de la noche y aprenden a leer en las novenas de aguinaldos, con palabras que seguro ni usted, respetado lector, ni yo, sabemos qué significan.

Me fascina verlos, porque a pesar de las enormes equivocaciones que cometen con los términos extraños de la novena, nadie los regaña, nadie los juzga y aunque la consabida reunión se prolongue a causa de los errores y tartamudeos de los niños, nadie está presto a criticarlos y lo máximo que se ve son miradas cómplices de ternura por la inocencia que se percibe en sus palabras.

Pero el resto del año no es así. Las mamás están pendientes de que sus hijos sean los mejores en algo: leyendo, en deportes o de forma inconsciente en ser los más necios. Y en eso se va la vida, en poner metas y alcanzarlas. Eso nos enseña el mundo, tenemos que ser los más rápidos, los más ágiles, sobresalir en algo, así sea en algo malo, debemos tener objetivos y ser alguien en la vida.

Nos enseña a seguir un camino lógico y terminar trabajando de lunes a viernes, de 8 a 6, mecánicamente todos los días y sumando esfuerzos para llegar a otro objetivo y viviendo 365 días al año de los cuales pocos recordamos porque en pocos de ellos algo nos marcó.

Por eso la navidad me gusta, es como si el reloj de repente estuviera en cámara lenta y un error no mereciera un castigo, y un desacierto causara gracia y nada fuera suficiente para amargar el momento.

Pero ¿qué habría de malo en que todos los días fueran iguales? ¿Para qué correr? ¿Para qué llegar primero? La vida es un viaje, no un destino, y si además de perseguir objetivos disfrutáramos las pequeñas cosas que pasan y nos riéramos de los errores; si viviéramos como niños que aprenden a leer y cuyas inocentes equivocaciones causan gracia, tal vez nos marcarían más días del año y nuestros logros tendrían más sentido.

Llega un momento, siempre llega un día en el que se acaban las metas y uno se pregunta ¿qué sigue? no espere ese momento para vivir cada día.

Dese espacio, vaya despacio...

domingo, 11 de octubre de 2009

En la ley de la jungla

Cualquier noche a bordo de un taxi en alguna calle de Medellín, el conductor comenzó a contarme una de esas historias que a ellos se les van escapando en medio de la conversación que le montan a los pasajeros para hacer más amenas las jornadas de trabajo. "Figúrese muchacha que una vez iba yo muy rápido por la autopista y no sé de dónde me salió una persona y la atropellé. Yo paré por un segundo, pero luego me pudo el miedo y no supe sino acelerar" ante mi actitud de sorpresa, siguió contando... "pero estuve tan de malas, que alguien vio las placas del taxi, entonces recibí una citación de la Fiscalía y de una vez me fueron metiendo preso".

En la voz del señor se notaba que era conciente de la gravedad de las cosas que, sin yo hacerle ninguna pregunta, me estaba contando. Dentro de mí se enfrentaban el desconcierto y el montón de preguntas que le quería hacer, pero él solito continuaba... "Lo peor, es que este taxi no es mío, pero fue precisamente el dueño del carro el que me sacó, él tiene amistades "de las que usted sabe" y no me dejó pasar ni una sola noche en la cárcel y acá estoy, manejando el mismo carro".

Verá, señor lector, el aspecto de aquel hombre era tan humilde y hablaba con tal franqueza, que yo no sabía si morirme de indignación por la persona que había sido atropellada mientras el agresor continuaba libre, o pensar que a pesar de todo, este señor había cometido un error y había salido muerto del susto, sin mala intención.

Pero este cuento no viene al caso gratuitamente, el recuerdo de este capítulo volvió a mí esta noche al ver el escándalo porque la actriz Carolina Sabino atropelló hace 11 años a un señor, dejándolo inválido y huyendo todo este tiempo de una indemnización por $345 millones que un juzgado de Bogotá le determinó como pena.

Por un lado, tengo que decir que es justo que ella pague y que es muy descarada la posición de esta señorita al evadir la justicia, y más aún, la adecuada reparación que merecen tanto la víctima como su familia. Mi pregunta es ¿por ser ella actriz de repente se hace más grave que manejara en estado de embriaguez? ¿no ha tenido usted un familiar cercano o un amigo que conduzca en las mismas condiciones? ¿lo convierte esto en una mala persona? ¿tendría su familiar o amigo $345 millones de pesos para pagar a una persona que atropelle? y más aún ¿un juzgado le cobraría esta suma a una persona del común? Seguramente no, y más allá de eso, ni todo el dinero del mundo le paga a una persona la pérdida de la capacidad de caminar.

Entonces ¿cuál es la real diferencia entre el señor del taxi y Carolina Sabino si ambos cometieron una imprudencia al conducir? sencillo, que ella es famosa y que la familia de este señor pensó que era una buena oportunidad aprovechar que no lo había atropellado cualquiera, porque en este país no solo los ricos son vivos, acá todo el que puede evadir o aprovecharse de la justicia, rico o pobre, lo hace y lo hace sin lástima.

Para mí, el tema no se trata de dinero, tampoco se trata de cárcel. Se trata de humanidad, de valoración del "otro", de pensar que yo puedo enfrentarme a la ley pero quedé vivo y con pies y manos. Qué lástima que en este país todo se reduzca a plata y a violencia.

Desde mi punto de vista el pecado de Carolina Sabino y del taxista es el mismo: no preocuparse de la vida que coartaron, sino de su propio pellejo. Un error lo comete cualquiera, pero el egoísmo es premeditado y además descarado.

Y seguramente usted también conoce un caso similar, a la larga si uno mira alrededor mucha gente es así, cosas de esas "pasan todos los días" y nadie hace nada, porque al fin y al cabo estamos en "la ley de la jungla".