sábado, 11 de abril de 2009

Mirarse...

Una vez estuve en un colegio femenino que no tenía espejos en los baños, según las directivas, para no incentivar la vanidad en las niñas. Sentí que de algún modo era un buen intento, pero también una afrenta contra el nunca bien ponderado espejo.

En mi casa solo hay un espejo y nadie lo compró, vino incorporado a uno de los baños y a pesar de lo limitante que pudiera resultar este evento, nunca nadie ha comprado otro en casi una década que llevamos viviendo en el mismo lugar.

A causa de ello, me puedo considerar una verdadera heroína de la vanidad. En vista de que el baño no es precisamente el lugar más disponible 24 horas en una casa, más aún si hablamos de las horas pico de la mañana, me ví en la necesidad de aprender a peinarme sin espejo, a veces incluso con plancha de ropa, antes de que comprara la del cabello. Lo mismo por las noches para desmaquillarme, porque para colmo el espejo, está ubicado en el baño privado de una alcoba.

Sin embargo, el punto de esta reflexión no es mi habilidad para acicalarme sin espejo.

Esta noche, mientras me desmaquillaba como siempre, sin el consabido adminículo y sabiendo que dejaba algunos residuos enormes de crema en mi rostro que después habrían de salir con agua y jabón, pensaba en los errores que cometemos en la vida cuando actuamos sin mirarnos.

Tal vez se trate de darle mucha trascendencia al espejo, pero más allá de eso, se la doy al significado de poder mirar hacia nosotros mismos en el momento en el que hacemos algo con nuestro cuerpo, con nuestra vida.

Nuestro tiempo es extremadamente veloz, los días pasan rápido y con ellos los años, y a veces en el afán de trabajar, estudiar y ahorrar dinero, se nos olvida cuáles fueron los objetivos que nos pusieron en semejante vacaloca y de repente estamos cansados, con un enorme dolor de espalda y ya se nos olvidó por qué.

Reflexiono sobre esto, porque siento que a menudo (más de lo que quisiera) me sucede esto, o lo alcanzo a ver en las personas que me rodean y que ya no tienen mucho tiempo para muchas cosas, pero van en una carrera en la que no están compitiendo con nadie. Y a veces hace falta detenerse y revisar para dónde es que va uno y si está yendo por el camino correcto. Lo grave es que hay cosas que no se solucionan con agua ni jabón, como el exceso de crema. He ahí la importancia de mirarse.

Laura

miércoles, 1 de abril de 2009

Sobre las TIC y la sopa

Juan Bernardo estudia Comunicaciones en la Universidad de Antioquia, proviene de la zona norte delpaís y es una persona única en toda su facultad porque cuenta con la especial característica de ser invidente.

Desde mi época de estudiante en la misma Facultad, pude ver muchas personas discapacitadas en diversos departamentos de la Universidad, pero nunca en la mía. En algún momento penséq ue no los admitían porque las comunicaciones requieren especial despliegue técnico que posiblemente no estarían algunas personas en capacidad de ejercer. Tal vez por eso me sorprendió mucho cuando me anunciaron que Juan sería estudiante mío en el curso de Taller de Medios I, que tiene como uno de sus ejes principales la creación de un sitio web.

Juan me inspiró a investigar sobre formas de enseñarle y de que él accediera al menos en parte a los mismos conocimientos que sus compañeros y por esta vía llegué a un evento sobre Accesibilidad web en una sede del Servicio Nacional de Aprendizaje SENA en Bogotá.

Una de las conferencias sobre accesibilidad, fue dictada por la persona encargada del plan de Articulación del programa Gobierno en Línea. Este personaje hablaba de cómo el gobierno nacional propende por la Accesibilidad Universal (ojo, Accesibilidad no es lo mismo que Acceso), para que personas con cualquier tipo de discapacidad o necesidad especial, puedan acceder democráticamente a los contenidos en la Red.

Una de las estrategias “maravillosas”que exponía como una forma de facilitarle la vida a las personas gracias aInternet, era la famosa PILA o Planilla Única, que ha obligado a miles de personas a tener un primer traumático encuentro con la Red.

Lo curioso, fue que esa misma noche en una reunión familiar, una tía docente de preescolar, me explicaba que sus colegas profesionales se veían superadas por la tecnología a la hora dehacer la PILA o resolver cualquier trámite por Internet.

Retomando un poco a Mafalda, mi filósofa de cabecera, pienso que en nuestra sociedad para un altísimo porcentaje de la población Internet es como la sopa para los niños.

Nuestros gobiernos, así como nuestros padres en la infancia, simplemente decidieron que la sopa o en este caso las TIC, eran por alguna razón buenos para nosotros. Unos y otros agotan dinero y explicaciones en uno y otro plato, una y otra estrategia para hacernos comprender que es esa y no otra cosa la que necesitamos. Pero ni unos ni otros logran nunca que aceptemos de buena gana que es así.

Como la sopa de la infancia muchas personas en Colombia toman aire y se aprietan la nariz para sentarse en el computador a hacer una tarea obligada, sacar un certificado de la Procuraduría o hacer la famosa PILA.

El error

A Pepito nunca el papá le pregunta ¿por qué no le gusta la sopa?, y a don Pepe el vendedor de frutas, nadiel e ha preguntado nunca ¿por qué le tiene pereza a Internet? ¿Cómo le gustaría aprender?

Tanto los gobiernos como los padres, han decidido qué es lo mejor y no involucran a sus hijos en las decisiones. Además, están seguros de que el argumento importante y definitivo es el que ellos tienen y que con eso les debe bastar a los demás. Pero así no debería ser la cosa.

Las personas tienen incertidumbres, dudas y temores frente a las TIC (y sí, también frente a la sopa) y nadie se las está resolviendo. La única respuesta es la voluntad de que todos estemos en la gran Red, de que todos estemos conectados y de que todost engamos que entender y adorar el loco y vertiginoso avance de las TIC. Así,muy difícil.

El gobierno puede ponerle el plato a la gente y enseñarle a comer, pero no pueden hacerle dar apetito y mucho menos gusto por la sopa.

¿Entonces qué hacer?

Desde mi humilde punto de vista, ha hecho falta preguntarle a la gente por sus temores, por sus deficiencias conceptuales y por sus necesidades antes de imponerle la herramienta como una panacea, y peor: como una panacea obligatoria.

De otro lado, si estamos pensando en las TIC como vehículo de desarrollo por la vía de su adopción y domesticación, deberíamos ponerlas en su lugar: como medios mas no como fines. Si nuestros gobiernos fueran coherentes y empezaran por el desarrollo individual (a escala Humana dirían Max Neef y Elizalde) no estaríamos ya en el camino de estrategias para que la gente aprenda a leer por Internet, porque tiene que asumir la Sociedad de la Información cuando aún no puede acceder ni a la información más básica.

Es necesario que nuestros gobiernos comiencen por entender que no todas las personas van a hacer el mismo uso de la Red y que es necesario que antes de verse obligadas a estar allí, entiendan cómo pueden aplicarla a sus propias vidas y no para tener la vida de los demás.

Es decir, no podemos esperar que una persona del campo busque en Internet lo mismo que buscamos nosotros y el verdadero logro no estaría en que sus dinámicas se asemejen a las de un ingeniero o un desarrollador, sino en que puedan apropiar o domesticar esa Red para las cosas que siempre hacen y en las que son verdaderos expertos.

Y Juan…

Volviendo a Juan, el inspirador de toda esta reflexión, sería muy ambicioso pedirle que trate de aproximarse al trabajo que hacen sus compañeros con herramientas de diseño web. Sin embargo, juntos descubrimos que él puede hacer mucho por sí solo por medio del código HTML y en ese proceso se encuentra.

Hay que reconocer, que es más difícil tomar a cada estudiante por su lado y según sus dificultades plantear estrategias específicas, pero eso es lo que tienen que hacer nuestros gobiernos: tomarse el trabajo de ver que los contextos y necesidades de las personas no son iguales, aunque el fin sea el mismo para todas.

lunes, 30 de marzo de 2009

Pereza y pobreza

Como cualquier mortal sin conocimiento sobre el tema, hasta hace poco tenía una percepción diferente del Banco Interamericano de Desarrollo - BID. Sin embargo, como a diario muchas puertas se abren y más aún cuando estamos en la Red, tuve la fortuna de conocer una política del BID que primero me dejó atónita, y segundo me explicó la razón por la que gente de todo el continente se reunió para hacerle contraparte a la Asamblea Número 50 de la organización que se lleva a cabo por estos días en Medellín.

Resulta que según pude leer en un documento del uruguayo Eduardo Gudinas, el BID piensa que el subdesarrollo está ligado a la riqueza en recursos naturales y es por eso que los países tropicales como Colombia son los más propensos a la pobreza y sobre todo a la desigualdad.

Para hacer esta afirmación, dicho organismo tiene como principales argumentos el hecho de que la acumulación de tierras por parte de pocas manos propicia la desigualdad, esto sumado a que las personas que trabajan la tierra normalmente no tienen acceso a la educación, por lo que se genera un estancamiento que por generaciones mantiene a estas personas al servicio de otras con mucho más poder y dinero que ellas, estancando así el desarrollo y perpetuando la desigualdad.

Sin embargo, "la mejor de todas" es el hecho de afirmar que la riqueza en recursos que siempre tiene la gente del trópico a mano, los ha hecho perezosos para el trabajo por la facilidad de suplir sus necesidades básicas sin gran esfuerzo, y por eso históricamente la gente que vive en torno al trópico se ha caracterizado por ser pobre y perezosa.

Estos argumentos me dejaron helada, porque de hecho si ustedes los miran con lupa, podrán ver que ninguno de ellos es completamente descabellado, por el contrario, son perfectamente lógicos y uno diría que sí, que por eso somos pobres.

Sin embargo, considero que no es este el tipo de razones en las cuales se pueden basar políticas internacionales, porque son limitantes y excluyentes, ya que parten del hecho de que a los latinos nos tocó en suerte nacer en este territorio y por eso nos debemos adaptar a la pobreza (que de hecho mucha gente vive adaptada).

Sin embargo, ya mirando la cuestión desde un punto de vista más local y crítico, es necesario reconocer que hay poblaciones de nuestro país que cumplen con estas características: bajos niveles de educación entre las personas que trabajan el campo, y sí, también pereza.

El punto es ¿nuestra pobreza y desigualdad se debe sólo a eso? ¿es ese un argumento que deba anteponerse ante las políticas que promueven el desarrollo?

Yo respondería que NO a ambos cuestionamientos, porque la historia de un país como el nuestro no sólo está determinada por estas características. Sin embargo pienso que de tenerlas en cuenta no es para partir de ellas como una limitante, sino como un saber previo que nos permite saber qué es lo que de entrada debe ser combatido por nuestras políticas nacionales.

Así, con tanta claridad sobre las limitaciones culturales que poseemos, hace rato debimos haber descentralizado las oportunidades de educación y en general de desarrollo para llegar a estas zonas que como ya tenemos claro, son el nicho del analfabetismo, por ende la pobreza y por ende, la violencia.

La pregunta fundamental es ¿somos sujetos capaces de cambiar la realidad o somos objetos de la pobreza? la respuesta del BID parece ser clara, falta que nosotros definamos la nuestra.

Laura Camila Caro

sábado, 28 de marzo de 2009

Mi propia desgracia burocrática

Hace poco Melpómene publicó en ANTITODO su desgracia burocrática: porque perder los papeles a poco de empezar a trabajar con una entidad del Estado, no puede ser otra cosa que una desgracia.

Tengo que decir, que su escrito me inspiró a contar el mío propio, que me llevará a recibir grados como Especialista antes que como Tecnóloga. Más que ridículo.

La historia

Sucede que hace algunos años era yo una feliz estudiante de Comunicación Social y Tecnología en Diseño Gráfico. Un bonito diciembre recibí mi grado como Comunicadora Social - Periodista y pocos meses después entregué mi trabajo de grado de la tecnología con miras a graduarme.

Una vez superada la mayor prueba de cualquier carrera, el susudicho trabajo, continuaba una prueba en teoría más simple, pero en la práctica la más complicada de la vida entera: el examen de inglés.

Voy a la oficina encargada de tal prueba y me sorprende lo arcaico de la inscripción para la misma: "señorita, debe escribir una carta informando que posee usted el conocimiento del idioma y que por eso en lugar del curso ha decidido presentar el examen". ¿Una carta? ¿no es más fácil generar un formato de los inscritos?

Pero bueno, no hay problema, yo hago la carta ¿dónde debo entregarla? La respuesta me dejó aún más sorprendida. Debía dejar la carta en portería, para que el portero le diera un número de radicado y luego la llevara a la oficina de extensión. Y así lo hice.

El día del examen


Llego yo el sábado del examen y me encuentro con que hay que esperar a que el profesor llame uno a uno a los estudiantes inscritos, los ubique en un puesto donde no pueda hacer fraude y les entregue la prueba. Al llegar el caballero al final de la lista, encuentro que al igual que otro joven ¡no aparezco en ella! Pensé: yo si desconfiaba de la dichosa cartica.

Pues bien, diríjase a la oficina a ver qué se le puede solucionar. Voy al lugar y lo primero es un regaño: "se les ha advertido que deben enviar la carta con tiempo, entonces no pueden presentar el examen". Ante la explicación pertinente, de haber entregado la carta con la antelación suficiente, la secretaria nos dirige al jefe de extensión, quien debe decidir qué hacer con nosotros.

Como se aproximaba el cierre para la fecha de grados, la fila era bastante extensa y el tiempo del examen corría.

Mientras pasaban los minutos, nos enteramos de que nuestras cartas no llegaron ¡porque llovió y los porteros no las mandaron desde la portería! Inverosímil ¿no? he ahí la falla del sistema de la carta.

Ya llevábamos casi una hora perdida del examen cuando nos atiende por fin el jefe de extensión, le contamos el caso y él soluciona el problema: una llamada al celular del profesor que estaba cuidando la prueba y simplemente "hermano, deje presentar la prueba a estos dos muchachos" y se acabó el problema. Más ridículo aún después de tanto lío, que la solución fuera tan simple.

Volviendo al examen, ya había perdido una valiosa hora de 3 que eran, y debía presentar en este lapso la suficiencia de 4 niveles de inglés ¿cuan difícil puede ser? pensé, así que decidí tomar la prueba aunque luego la tuviera que repetir.

Los resultados

Esa misma semana fui a buscar mis resultados y la respuesta me dejó helada: "ha ganado los dos primeros niveles, pero perdió el 3 y el 4". Le expliqué a la secretaria que había perdido una hora del examen y que quería presentarlo de nuevo, pero la opción se me negó.

Según ella, yo debía saber que solo tenía una oportunidad de presentar el examen de suficiencia porque decía tanto en el reglamento del Tecnológico como en la cartelera de la oficina. Pues bien, nunca me fue entregado el tal reglamento y lo que había en la cartelera era una hoja tamaño oficio en letra negra y tamaño hormiga, con la reglamentación completa ¿cómo se suponía que lo supiera?

Duré semanas tratando de encontrar al jefe de extensión para explicarle mi caso y pedirle ayuda, cuando finalmente lo contacté me dijo que haría lo posible por mí y en una semana ya tenía autorización para presentar nuevamente el examen. Por lo visto este señor revestía todo el poder de la institución, era un problema encontrarlo pero todo lo resolvía con un chasquear de dedos.

El examen se programa una vez al mes, así que esperé las semanas que eran necesarias, pero cuando fui a inscribirme nuevamente, la respuesta fue ¡el jefe de extensión renunció!

Así que he perdido la oportunidad y mi única salida es hacer los dos niveles que me faltaban, cada uno por un valor de 80 mil pesos (unos 30 dólares) y lo peor: cada uno con una duración de un semestre.

En suma: debo esperar a que empiece el próximo semestre y después un año entero estudiando temas de inglés que ya domino para graduarme, con suerte, en un año y medio.

Según este pronóstico, lo más probable es que obtenga antes mi título de Especialista en Periodismo Electrónico, por el que ya estoy terminando materias y trabajo de grado; que el de Tecnóloga en diseño gráfico, a pesar de que se supone que hace meses terminé lo más difícil: el trabajo de grado.

martes, 17 de marzo de 2009

¿Qué pasó con Ángel María?

Cualquier día llegó a mi casa una funcionaria de la Alcaldía en compañía de Ángel María, un personaje de bigote gris poblado, de apariencia muy humilde, pero en suma un bonachón y sencillo señor. Venían a informarme que él pasaría dos veces a la semana en la mañana a recoger el reciclaje de la casa, para separarlo organizadamente.

Si bien no supe de nadie más a quien le recogieran el reciclaje en la puerta, tengo que decir que don Ángel María venía siempre con su uniforme verde impecable y se comportaba como todo un caballero.

Curiosamente, aunque nunca había sido juiciosa para organizar el reciclaje a partir de la visita de este señor empecé a hacerlo con mucho esmero: lavaba las bolsas plásticas, los tarros, las latas y las empacaba aparte, al punto de tener más reciclaje que basura.

Aunque sí me pregunté por el destino de los recicladores que siempre veía por el barrio, pensé que la de Ángel María era una buena labor, además en su apariencia y la de su esposa, quien le colaboraba afuera separando la basura, se veía la humildad. Al fin de cuentas: una oportunidad de trabajo organizada, legal y enfocada hacia personas que la necesitaban.

Además, me pareció bastante efectivo que el hecho de que una persona fuera hasta la puerta de mi casa por los materiales reutilizables, me motivara a separarlos y organizarlos. Era como una especie de mezcla entre la vergüenza por que alguien se diera cuenta de mi irresponsabilidad con el planeta y un esfuerzo por la dignidad de alguien que trabaja escarbando entre mi desordenada basura.

¡Es la solución para motivar a la gente a que recicle! pensé.

Sin embargo, seguí viendo por ahí a los recicladores de siempre, lo que me hace pensar que la Alcaldía no se molestó en organizar a estas personas, sino que empleó a otras. Sólo una suposición.

El punto es que cierto día escuché que Ángel María y el portero de la urbanización hablaban de que alguien estaba sacando el reciclaje del cuarto de basuras, por lo que él encontraba cada vez menos material allí. Esto me preocupó un poco y me dije que no volvería a sacar el reciclaje al cuarto sino que se lo entregaría personalmente a él.

Aún así, hace tres semanas estuve en Bogotá y cuando regresé no había seña de Ángel María, pasan los días ¡y nada!

Parece que en nuestra ciudad más vale la informalidad aunque se planteen otras estrategias. Desconozco cualquier política de la Alcaldía al respecto, pero en este caso me gustaba ese trabajo organizado que además dignificaba la labor del tan pordebajeado reciclador y me motivaba a separar los materiales reutilizables.

Epílogo: no separo mis basuras hace dos semanas.

Laura