Hace poco Melpómene publicó en ANTITODO su desgracia burocrática: porque perder los papeles a poco de empezar a trabajar con una entidad del Estado, no puede ser otra cosa que una desgracia.
Tengo que decir, que su escrito me inspiró a contar el mío propio, que me llevará a recibir grados como Especialista antes que como Tecnóloga. Más que ridículo.
La historia
Sucede que hace algunos años era yo una feliz estudiante de Comunicación Social y Tecnología en Diseño Gráfico. Un bonito diciembre recibí mi grado como Comunicadora Social - Periodista y pocos meses después entregué mi trabajo de grado de la tecnología con miras a graduarme.
Una vez superada la mayor prueba de cualquier carrera, el susudicho trabajo, continuaba una prueba en teoría más simple, pero en la práctica la más complicada de la vida entera: el examen de inglés.
Voy a la oficina encargada de tal prueba y me sorprende lo arcaico de la inscripción para la misma: "señorita, debe escribir una carta informando que posee usted el conocimiento del idioma y que por eso en lugar del curso ha decidido presentar el examen". ¿Una carta? ¿no es más fácil generar un formato de los inscritos?
Pero bueno, no hay problema, yo hago la carta ¿dónde debo entregarla? La respuesta me dejó aún más sorprendida. Debía dejar la carta en portería, para que el portero le diera un número de radicado y luego la llevara a la oficina de extensión. Y así lo hice.
El día del examen
Llego yo el sábado del examen y me encuentro con que hay que esperar a que el profesor llame uno a uno a los estudiantes inscritos, los ubique en un puesto donde no pueda hacer fraude y les entregue la prueba. Al llegar el caballero al final de la lista, encuentro que al igual que otro joven ¡no aparezco en ella! Pensé: yo si desconfiaba de la dichosa cartica.
Pues bien, diríjase a la oficina a ver qué se le puede solucionar. Voy al lugar y lo primero es un regaño: "se les ha advertido que deben enviar la carta con tiempo, entonces no pueden presentar el examen". Ante la explicación pertinente, de haber entregado la carta con la antelación suficiente, la secretaria nos dirige al jefe de extensión, quien debe decidir qué hacer con nosotros.
Como se aproximaba el cierre para la fecha de grados, la fila era bastante extensa y el tiempo del examen corría.
Mientras pasaban los minutos, nos enteramos de que nuestras cartas no llegaron ¡porque llovió y los porteros no las mandaron desde la portería! Inverosímil ¿no? he ahí la falla del sistema de la carta.
Ya llevábamos casi una hora perdida del examen cuando nos atiende por fin el jefe de extensión, le contamos el caso y él soluciona el problema: una llamada al celular del profesor que estaba cuidando la prueba y simplemente "hermano, deje presentar la prueba a estos dos muchachos" y se acabó el problema. Más ridículo aún después de tanto lío, que la solución fuera tan simple.
Volviendo al examen, ya había perdido una valiosa hora de 3 que eran, y debía presentar en este lapso la suficiencia de 4 niveles de inglés ¿cuan difícil puede ser? pensé, así que decidí tomar la prueba aunque luego la tuviera que repetir.
Los resultados
Esa misma semana fui a buscar mis resultados y la respuesta me dejó helada: "ha ganado los dos primeros niveles, pero perdió el 3 y el 4". Le expliqué a la secretaria que había perdido una hora del examen y que quería presentarlo de nuevo, pero la opción se me negó.
Según ella, yo debía saber que solo tenía una oportunidad de presentar el examen de suficiencia porque decía tanto en el reglamento del Tecnológico como en la cartelera de la oficina. Pues bien, nunca me fue entregado el tal reglamento y lo que había en la cartelera era una hoja tamaño oficio en letra negra y tamaño hormiga, con la reglamentación completa ¿cómo se suponía que lo supiera?
Duré semanas tratando de encontrar al jefe de extensión para explicarle mi caso y pedirle ayuda, cuando finalmente lo contacté me dijo que haría lo posible por mí y en una semana ya tenía autorización para presentar nuevamente el examen. Por lo visto este señor revestía todo el poder de la institución, era un problema encontrarlo pero todo lo resolvía con un chasquear de dedos.
El examen se programa una vez al mes, así que esperé las semanas que eran necesarias, pero cuando fui a inscribirme nuevamente, la respuesta fue ¡el jefe de extensión renunció!
Así que he perdido la oportunidad y mi única salida es hacer los dos niveles que me faltaban, cada uno por un valor de 80 mil pesos (unos 30 dólares) y lo peor: cada uno con una duración de un semestre.
En suma: debo esperar a que empiece el próximo semestre y después un año entero estudiando temas de inglés que ya domino para graduarme, con suerte, en un año y medio.
Según este pronóstico, lo más probable es que obtenga antes mi título de Especialista en Periodismo Electrónico, por el que ya estoy terminando materias y trabajo de grado; que el de Tecnóloga en diseño gráfico, a pesar de que se supone que hace meses terminé lo más difícil: el trabajo de grado.
sábado, 28 de marzo de 2009
martes, 17 de marzo de 2009
¿Qué pasó con Ángel María?
Cualquier día llegó a mi casa una funcionaria de la Alcaldía en compañía de Ángel María, un personaje de bigote gris poblado, de apariencia muy humilde, pero en suma un bonachón y sencillo señor. Venían a informarme que él pasaría dos veces a la semana en la mañana a recoger el reciclaje de la casa, para separarlo organizadamente.
Si bien no supe de nadie más a quien le recogieran el reciclaje en la puerta, tengo que decir que don Ángel María venía siempre con su uniforme verde impecable y se comportaba como todo un caballero.
Curiosamente, aunque nunca había sido juiciosa para organizar el reciclaje a partir de la visita de este señor empecé a hacerlo con mucho esmero: lavaba las bolsas plásticas, los tarros, las latas y las empacaba aparte, al punto de tener más reciclaje que basura.
Aunque sí me pregunté por el destino de los recicladores que siempre veía por el barrio, pensé que la de Ángel María era una buena labor, además en su apariencia y la de su esposa, quien le colaboraba afuera separando la basura, se veía la humildad. Al fin de cuentas: una oportunidad de trabajo organizada, legal y enfocada hacia personas que la necesitaban.
Además, me pareció bastante efectivo que el hecho de que una persona fuera hasta la puerta de mi casa por los materiales reutilizables, me motivara a separarlos y organizarlos. Era como una especie de mezcla entre la vergüenza por que alguien se diera cuenta de mi irresponsabilidad con el planeta y un esfuerzo por la dignidad de alguien que trabaja escarbando entre mi desordenada basura.
¡Es la solución para motivar a la gente a que recicle! pensé.
Sin embargo, seguí viendo por ahí a los recicladores de siempre, lo que me hace pensar que la Alcaldía no se molestó en organizar a estas personas, sino que empleó a otras. Sólo una suposición.
El punto es que cierto día escuché que Ángel María y el portero de la urbanización hablaban de que alguien estaba sacando el reciclaje del cuarto de basuras, por lo que él encontraba cada vez menos material allí. Esto me preocupó un poco y me dije que no volvería a sacar el reciclaje al cuarto sino que se lo entregaría personalmente a él.
Aún así, hace tres semanas estuve en Bogotá y cuando regresé no había seña de Ángel María, pasan los días ¡y nada!
Parece que en nuestra ciudad más vale la informalidad aunque se planteen otras estrategias. Desconozco cualquier política de la Alcaldía al respecto, pero en este caso me gustaba ese trabajo organizado que además dignificaba la labor del tan pordebajeado reciclador y me motivaba a separar los materiales reutilizables.
Epílogo: no separo mis basuras hace dos semanas.
Laura
Si bien no supe de nadie más a quien le recogieran el reciclaje en la puerta, tengo que decir que don Ángel María venía siempre con su uniforme verde impecable y se comportaba como todo un caballero.
Curiosamente, aunque nunca había sido juiciosa para organizar el reciclaje a partir de la visita de este señor empecé a hacerlo con mucho esmero: lavaba las bolsas plásticas, los tarros, las latas y las empacaba aparte, al punto de tener más reciclaje que basura.
Aunque sí me pregunté por el destino de los recicladores que siempre veía por el barrio, pensé que la de Ángel María era una buena labor, además en su apariencia y la de su esposa, quien le colaboraba afuera separando la basura, se veía la humildad. Al fin de cuentas: una oportunidad de trabajo organizada, legal y enfocada hacia personas que la necesitaban.
Además, me pareció bastante efectivo que el hecho de que una persona fuera hasta la puerta de mi casa por los materiales reutilizables, me motivara a separarlos y organizarlos. Era como una especie de mezcla entre la vergüenza por que alguien se diera cuenta de mi irresponsabilidad con el planeta y un esfuerzo por la dignidad de alguien que trabaja escarbando entre mi desordenada basura.
¡Es la solución para motivar a la gente a que recicle! pensé.
Sin embargo, seguí viendo por ahí a los recicladores de siempre, lo que me hace pensar que la Alcaldía no se molestó en organizar a estas personas, sino que empleó a otras. Sólo una suposición.
El punto es que cierto día escuché que Ángel María y el portero de la urbanización hablaban de que alguien estaba sacando el reciclaje del cuarto de basuras, por lo que él encontraba cada vez menos material allí. Esto me preocupó un poco y me dije que no volvería a sacar el reciclaje al cuarto sino que se lo entregaría personalmente a él.
Aún así, hace tres semanas estuve en Bogotá y cuando regresé no había seña de Ángel María, pasan los días ¡y nada!
Parece que en nuestra ciudad más vale la informalidad aunque se planteen otras estrategias. Desconozco cualquier política de la Alcaldía al respecto, pero en este caso me gustaba ese trabajo organizado que además dignificaba la labor del tan pordebajeado reciclador y me motivaba a separar los materiales reutilizables.
Epílogo: no separo mis basuras hace dos semanas.
Laura
lunes, 16 de marzo de 2009
¿Espacios libres de humo?
Salía de la sala de urgencias de Comfenalco del Hospital Pablo Tobón Uribe, en donde me encontraba a causa de una deficiencia respiratoria. Desilusionada porque después de casi una hora de esperar para que atendieran mi "urgencia", aún no lograba pasar ni siquiera por el médico clasificador, me senté a tomar aire en una banca ubicada en un pasillo exterior del Hospital.
De repente, en medio de la rabia por la mala atención, sentí un olor bastante familiar: el de un cigarrillo encendido. Furiosa, y reconozco que algo alterada, al ver a la oronda fumadora ubicada no solo en un lugar bajo techo, de los prohibidos por la ley, sino en un hospital justo junto a la entrada de urgencias le recordé que la ley le prohibía fumar allí y ofendida me retó a llamar a la policía: lo que en efecto hice.
Llamé al 123 y le dije al policía que me contestó que había una persona fumando en un centro hospitalario y que tenía entendido que la policía podía tomar cartas en este asunto, a lo que él me respondió que no podía hacer nada, porque cuando llegaran ya se le habría acabado el cigarrillo ¡por Dios! ¡este hombre tenía razón! entonces me invitó a notificarle al guarda correspondiente de la situación.
En efecto, me dirigí al guarda quien me dijo que el Hospital a él sólo le exigía evitar que la gente fumara de la puerta principal hacia adentro. Aún así le expliqué que la ley cubría cualquier lugar bajo techo y más aún en ese caso cuando ese techo estaba en el sector de atención a urgencias de un hospital.
Sin embargo, la respuesta fue la misma: nada puedo hacer.
Esta situación me pone a pensar en las normas que se tiene que inventar el mundo para una sociedad como la nuestra, también pensando en el post anterior sobre las normas policivas que "nos protegen".
Y a pesar de que era hasta hace unas horas entusiasta de la dichosa ley de "los espacios libres de humo", ahora no puedo evitar pensar que esta sociedad no está hecha para esas normas que promueven el respeto por el otro. Y cuando digo respeto, me refiero al que no me fumen en la cara, pero también a la libertad de que quien quiera fume lo que quiera, siempre que no toque a los demás.
No sé con quién indignarme: si con el personal de la EPS que no me atendió aunque se podían dar cuenta de que no podía respirar, con la señora que fumaba frente a la entrada de urgencias o con los guardas que decidieron que de todas formas no podían hacer nada.
Sólo puedo concluir que aunque los colombianos presumimos de ser cálidos y hospitalarios, estamos enfrentados a la ley de la selva en la que estamos tan ocupados por sobrevivir con nuestras propias necesidades y hábitos que muchas veces se nos pasa por alto pensar en la persona que está sentada al lado ¿cómo los voy a juzgar?
De repente, en medio de la rabia por la mala atención, sentí un olor bastante familiar: el de un cigarrillo encendido. Furiosa, y reconozco que algo alterada, al ver a la oronda fumadora ubicada no solo en un lugar bajo techo, de los prohibidos por la ley, sino en un hospital justo junto a la entrada de urgencias le recordé que la ley le prohibía fumar allí y ofendida me retó a llamar a la policía: lo que en efecto hice.
Llamé al 123 y le dije al policía que me contestó que había una persona fumando en un centro hospitalario y que tenía entendido que la policía podía tomar cartas en este asunto, a lo que él me respondió que no podía hacer nada, porque cuando llegaran ya se le habría acabado el cigarrillo ¡por Dios! ¡este hombre tenía razón! entonces me invitó a notificarle al guarda correspondiente de la situación.
En efecto, me dirigí al guarda quien me dijo que el Hospital a él sólo le exigía evitar que la gente fumara de la puerta principal hacia adentro. Aún así le expliqué que la ley cubría cualquier lugar bajo techo y más aún en ese caso cuando ese techo estaba en el sector de atención a urgencias de un hospital.
Sin embargo, la respuesta fue la misma: nada puedo hacer.
Esta situación me pone a pensar en las normas que se tiene que inventar el mundo para una sociedad como la nuestra, también pensando en el post anterior sobre las normas policivas que "nos protegen".
Y a pesar de que era hasta hace unas horas entusiasta de la dichosa ley de "los espacios libres de humo", ahora no puedo evitar pensar que esta sociedad no está hecha para esas normas que promueven el respeto por el otro. Y cuando digo respeto, me refiero al que no me fumen en la cara, pero también a la libertad de que quien quiera fume lo que quiera, siempre que no toque a los demás.
No sé con quién indignarme: si con el personal de la EPS que no me atendió aunque se podían dar cuenta de que no podía respirar, con la señora que fumaba frente a la entrada de urgencias o con los guardas que decidieron que de todas formas no podían hacer nada.
Sólo puedo concluir que aunque los colombianos presumimos de ser cálidos y hospitalarios, estamos enfrentados a la ley de la selva en la que estamos tan ocupados por sobrevivir con nuestras propias necesidades y hábitos que muchas veces se nos pasa por alto pensar en la persona que está sentada al lado ¿cómo los voy a juzgar?
Más vale la seguridad que la policía
Muere hace pocos días un estudiante asesinado en la Universidad de Antioquia y mi madre angustiada alega que en el campus la seguridad es un chiste "de qué sirve que les requisen a todos la maleta a la entrada, con lo fácil que es pasar un arma por encima de una reja".
Esta mañana antes de las 6 a.m. tuve que ingresar al campus por otra puerta, tuve que dar más vueltas y mostrar carné y cédula para poder entrar. Sin embargo, estando adentro aún a oscuras la sensación era diferente a todas las otras ocasiones que había estado allí: ya no me sentía segura.
En Bogotá, alguna vez saliendo de la Universidad de la Salle olvidé hacer firmar la autorización de entrada, y a pesar de que caía un torrencial aguacero, la recepcionista me obligó a devolverme hasta el bloque en donde había estado a hacer firmar y sellar el famoso papelito, claro, por seguridad. Resultado: emparamada yo, emparamado el papelito (intencionalmente) y por ende emparamado el escritorio de la recepcionista :P
Constantemente, Bancolombia repite en la radio que cambiemos la clave, y ahora El Colombiano promueve la seguridad en las contraseñas con este artículo.
Personalmente, tengo que reconocer que no me esmero mucho en tener contraseñas seguras o modificarlas con frecuencia: más grave me parece no acordarme después y que ni yo ni el hacker podamos entrar a usar algún sitio.
Sin embargo, todo este asunto en lo que me pone a pensar es en la paranoia tan desesperada y desesperante en la que vivimos, prevenidos del taxi que cogemos, la persona que está detrás en la fila del banco, el tipo que está en la esquina cuando abrimos la puerta de la casa y la persona que se nos arrima cuando salimos del supermercado.
Lo más paradójico de todo, es que esa paranoia de nada sirve cuando más adelante van los ladrones que el policía, los hackers que el ingeniero y cuando se pueden seguir metiendo armas por encima de las rejas.
No sé en qué momento nos cansaremos de los gases pimienta, las veinte mil claves alfanuméricas y de la paranoia tan grosera que ya tenemos. Igual seguirá pasando lo que tiene que pasar porque ante el crimen somos reactivos y no proactivos, como escuché decir alguna vez a Carlos Gaviria.
Y es que ser proactivos no es tener a mano todas las herramientas de protección, sino crear una sociedad más respetuosa, más solidaria y más justa, en donde no haya necesidad de tanta policía, ante la existencia de la verdadera seguridad. "Soñemos".
Esta mañana antes de las 6 a.m. tuve que ingresar al campus por otra puerta, tuve que dar más vueltas y mostrar carné y cédula para poder entrar. Sin embargo, estando adentro aún a oscuras la sensación era diferente a todas las otras ocasiones que había estado allí: ya no me sentía segura.
En Bogotá, alguna vez saliendo de la Universidad de la Salle olvidé hacer firmar la autorización de entrada, y a pesar de que caía un torrencial aguacero, la recepcionista me obligó a devolverme hasta el bloque en donde había estado a hacer firmar y sellar el famoso papelito, claro, por seguridad. Resultado: emparamada yo, emparamado el papelito (intencionalmente) y por ende emparamado el escritorio de la recepcionista :P
Constantemente, Bancolombia repite en la radio que cambiemos la clave, y ahora El Colombiano promueve la seguridad en las contraseñas con este artículo.
Personalmente, tengo que reconocer que no me esmero mucho en tener contraseñas seguras o modificarlas con frecuencia: más grave me parece no acordarme después y que ni yo ni el hacker podamos entrar a usar algún sitio.
Sin embargo, todo este asunto en lo que me pone a pensar es en la paranoia tan desesperada y desesperante en la que vivimos, prevenidos del taxi que cogemos, la persona que está detrás en la fila del banco, el tipo que está en la esquina cuando abrimos la puerta de la casa y la persona que se nos arrima cuando salimos del supermercado.
Lo más paradójico de todo, es que esa paranoia de nada sirve cuando más adelante van los ladrones que el policía, los hackers que el ingeniero y cuando se pueden seguir metiendo armas por encima de las rejas.
No sé en qué momento nos cansaremos de los gases pimienta, las veinte mil claves alfanuméricas y de la paranoia tan grosera que ya tenemos. Igual seguirá pasando lo que tiene que pasar porque ante el crimen somos reactivos y no proactivos, como escuché decir alguna vez a Carlos Gaviria.
Y es que ser proactivos no es tener a mano todas las herramientas de protección, sino crear una sociedad más respetuosa, más solidaria y más justa, en donde no haya necesidad de tanta policía, ante la existencia de la verdadera seguridad. "Soñemos".
sábado, 14 de marzo de 2009
Desazón personal
Me hiere la sociedad del "conocimiento".
Hace unos años cuando cursaba uno de los primeros semestres en la Universidad de Antioquia, recuerdo haber escrito una reflexión en donde decía que la Red podía ser tan buena o tan mala como el uso que le diéramos los seres humanos, y que en su calidad de herramienta creada por el hombre podía servir para cualquier fin que este le diera.
Los últimos días me han ayudado a comprobar cuán válida era esa tesis, porque varias personas se han encargado de demostrarme que con la sociedad del "conocimiento" aparecieron también la envidia del "conocimiento", la mezquindad del "conocimiento" y el interés por el "conocimiento", entre otros bajos instintos muy cultos.
Tanto que me he interesado en el discurso de trasladar todas nuestras dinámicas a la Red y qué ironía, las que se me han trasladado de la manera difícil en las últimas semanas.
Escribo este post a manera de desahogo, pero también sé que muchos se van a identificar conmigo, porque no escribo esto como una víctima de ningún tirano de la Red, sino como una persona que está harta de que la gente no pierda oportunidad para sacarle el jugo al conocimiento "abierto y colaborativo" a la "gestión del conocimiento" y a la "cultura libre" para aprovecharse de la gente de la manera más descarada y posteriormente dejar su nombre por el suelo.
También lo escribo, porque estoy cansada de que me digan que "así es el mundo" y que me vaya acostumbrando. Porque precisamente me niego a acostumbrarme a que se aprovechen de lo que sé y de lo que sé hacer, a se tergiverse la información en mi contra o en la de otras personas y a que se ponga mi trabajo por el piso justo después de explotarlo. Y no me acostumbro porque si lo hago, estaré actuando igual de mal.
Cansada y profundamente decepcionada,
Laura
Hace unos años cuando cursaba uno de los primeros semestres en la Universidad de Antioquia, recuerdo haber escrito una reflexión en donde decía que la Red podía ser tan buena o tan mala como el uso que le diéramos los seres humanos, y que en su calidad de herramienta creada por el hombre podía servir para cualquier fin que este le diera.
Los últimos días me han ayudado a comprobar cuán válida era esa tesis, porque varias personas se han encargado de demostrarme que con la sociedad del "conocimiento" aparecieron también la envidia del "conocimiento", la mezquindad del "conocimiento" y el interés por el "conocimiento", entre otros bajos instintos muy cultos.
Tanto que me he interesado en el discurso de trasladar todas nuestras dinámicas a la Red y qué ironía, las que se me han trasladado de la manera difícil en las últimas semanas.
Escribo este post a manera de desahogo, pero también sé que muchos se van a identificar conmigo, porque no escribo esto como una víctima de ningún tirano de la Red, sino como una persona que está harta de que la gente no pierda oportunidad para sacarle el jugo al conocimiento "abierto y colaborativo" a la "gestión del conocimiento" y a la "cultura libre" para aprovecharse de la gente de la manera más descarada y posteriormente dejar su nombre por el suelo.
También lo escribo, porque estoy cansada de que me digan que "así es el mundo" y que me vaya acostumbrando. Porque precisamente me niego a acostumbrarme a que se aprovechen de lo que sé y de lo que sé hacer, a se tergiverse la información en mi contra o en la de otras personas y a que se ponga mi trabajo por el piso justo después de explotarlo. Y no me acostumbro porque si lo hago, estaré actuando igual de mal.
Cansada y profundamente decepcionada,
Laura
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